- - | Por: | Programa: Cassini 101 (12:00 - 14:00 hrs.) | Más tarde: Música (14:00 - 20:00 hrs.)

Del silencio que cimbra y la resurrección por Nusrat Fateh Ali Khan al tercer día
Martes, 26 de Septiembre de 2017 1527 eRRe 0

Del silencio que cimbra y la resurrección por Nusrat Fateh Ali Khan al tercer día

Dios habla en muchas lenguas, una de ellas es el terror. Nunca he sido muy sensible a los temblores, así que cuando escuché la alerta sísmica, apenas dando la vuelta a la esquina de la calle donde vivo, apurado por llegar al metro para realizar mi programa en Rock 101, lo primero que pensé fue: “¿pues qué no ya había sido el simulacro? ¿Va a ser cuestión de todo el día?”. Pero vi que los meseros de unos restaurantes ubicados a la vuelta salían, uno de ellos dijo “está temblando” y entonces sentí el jalón.  Me fui a la esquina, volteé arriba y vi el edificio encima de uno de esos restaurantes meneándose como al ritmo del Muertho de Tijuana, pero más me asustó ver la cadencia que se traían los cables eléctricos.

Era como una escena de los cómics que hasta el año pasado editaba, como un ataque marciano o una visita de Galactus, en serio eso pensé, riéndome para mis adentros, al tiempo que me desplazaba a mitad de la calle Concepción Beistegui en su cruce con Av. Universidad. Y entonces uno de los meseros dijo:”¡ya se cayó algo allí!”. Miré de reojo –todavía cuidándome de los cables eléctricos- y reconocí la nube de polvo porque en el 85, de niño, me tocó ver caerse una construcción a escasos cinco metros de mi autobús escolar.

Cuando pasó, volví corriendo a casa para ver cómo estaba mi mamá y un tío que en ese momento se hallaba de visita. Revisé rápidamente el hogar, un montón de discos y libros caídos pero nada más. Entonces me entró aprehensión, no sólo por la responsabilidad del trabajo –después de todo, hacemos radio, informamos a la gente-, sino por nuestras instalaciones y mis compañeros, no podía comunicarme con ninguno de ellos, no tenía señal en el celular.

Me fui corriendo a un sitio de taxis cercano y aunque el conductor estaba dudoso de llevarme, conseguí que me trasladara hasta Insurgentes y Coahuila. De camino vimos el edificio derrumbado en Viaducto, entre Medellín y Monterrey. Ya de a pie, rumbo a la estación, también me tocó ver algunos de los estragos en la Condesa. Me encontré a Jorge Concha, quien me contó cómo vivió la experiencia, no le dio tiempo de salir del edificio. “Lo que más miedo me dio fue cuando vi las caras de las señoras que me miraban con pánico desde la calle”, me confesó.

Nos regresamos caminando desde Tamaulipas hasta metro Etiopía y en el camino una probada del caos: recubrimientos caídos, olor a gas, tráfico, crisis nerviosas, un edificio incendiándose en Insurgentes lleno de gente que caminaba cabizbaja, ciudadanos espontáneos que coordinaban el tráfico ante la falta de luz en los semáforos, caos, confusión, el fin del mundo, pues.

Me preocupaba que casi no teníamos comida en casa, busqué, todo alrededor estaba cerrado. Nadie tenía energía eléctrica. Llegué a casa de mi madre. Encendimos el viejo radio de baterías. Y me enteré de lo de Escocia…

En la calle de Escocia, número 29, departamento 503, viví algunos de los días más felices de mi vida. Ha sido mi primer y único departamento. Ahí reí con amigos, lloré en soledad y amé a la mujer que más he amado en mi vida. En febrero de este año tuve que salirme por dos razones: ya no me alcanzaba para costear los gastos ahí y mantener a mi mamá, y porque tras la muerte de mi padre, la propiedad pasaba a mi hermana. 

Escocia es una calle muy chiquita, que nadie ubicaba en la colonia del Valle, se extiende solo a dos cuadras, y aunque estás entre dos ejes viales es muy tranquila. Esa mujer –la que les contaba que más he amado en mi vida-, cuando empecé a enamorarme de ella, acababa de regresar de vivir cinco años en Londres, me contaba cuentos druidas, y yo le decía que sólo había cambiado una isla por otra… Escocia… entre Ferrol y Edimburgo. Ella reía y luego ardíamos…

Me dejó por un tipo más guapo, inteligente y maduro. Ella ahora es mamá y yo no sé muy bien quien soy… si los recuerdos ya son una fantasía. “Tengo miedo de pasar por la esquina donde quedaba contigo”, creo que dice una canción cuyo nombre ahora mismo se me va… Bueno, pues debería perder el miedo porque esa esquina ahora ya no existe. O es muy diferente. Es una zona de guerra. Escocia era mi isla, y ahora está destruida...

Se ha hablado mucho del silencio que levanta un puño. Yo quiero hablarles del silencio inmóvil. De cuando se va la luz… y no vuelve… y regresa… y no vuelve. De desempolvar la vieja radio de baterías para saber… ¡'uta! ¿Qué chingados pasó? Encenderla y enterarte que sin que tú supieras perdiste un pedazo de memoria. “When the music is over turn out the lights”, cantaba Jim Morrrison, porque el silencio cuando la música termina es sepulcral.

Pude haberme puesto a escuchar música. Tenía mi iPod cargado, ero es como dice Chuck Klosterman en 'Killing Yourself To Live', resulta estúpido pensar en qué disco te gustaría escuchar en el momento de tu muerte, lo más probable es que sólo quepa el pensamiento de que te está cargando la chingada. Y el único sonido que se escuchaba en la ciudad –dejen ustedes la ciudad, en mi barrio- era la muerte. Un sonido ensordecedor: el sonido de la muerte es el silencio… excepto por el alarido de las ambulancias con incierta dirección…

Cuando volvió la energía, después de reparar una puerta que nos chocaron el mismo 19 en la mañana y una fuga descubierta dos días después, con algunas historias en medio que prefiero reservarme, tímidamente traté de convencerme que era el momento de volver a escuchar música. De volver a llenar el silencio. Pero los primeros pasos siempre son muy delicados. Y esto era como aprender a escuchar música por primera vez… aunque con algo de experiencia… como un lisiado, de alguna manera. Había que tener cuidado por dónde empezar. Y decidí que sería por Nusrat.

 

 

Conocí al pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, como casi todo el mundo, gracias a Peter Gabriel, quien lo invitó a participar en la grabación de 'Passion', el disco que resultó de musicalizar 'La última tentación de Cristo', película de Martin Scorsese, y luego siguió publicándole discos en su disquera Real World. Es exponente ilustre del canto qwalii, a su vez inscrito en la gran tradición sufi, una corriente islámica que predica la purificación de la existencia por el placer, gozar hasta que duela, o porque duele gozar, es difícil explicarlo en un párrafo; para resumirlo: es el éxtasis.

Escuchar a Nusrat es ser arrasado por un vendaval, caer fulminado por un rayo, ser sacudido en los cimientos de la existencia por un terremoto. No importa lo que estés haciendo, adonde quieras huir, la voz de Nusrat te va a alcanzar. Como todos esos fenómenos, es una fuerza de la naturaleza con efectos devastadores. La voz de Nusrat es un fuego, pero no un fuego informe, silvestre, bárbaro. Es un fuego con intención y un fuego elevado.

Quizá una imagen más precisa sería hablar de un pájaro de fuego. Nusrat me hace volar sobre un pájaro. Y ese viaje quema. Pero hay que hacerlo. Porque la otra cosa en la que me hace pensar Nusrat –acaso no muy lejana de la reflexión anterior- es en una gran huida. No hablo de fugarse de una prisión. Hablo de gente que se aleja desesperada de un gran incendio, o una inundación… o u terremoto. La voz de Nusrat es la cara del espanto ante la realidad. Es la escapada definitiva.

Lo que no enseñan ni en la casa ni en la escuela es que escapar nos afianza en el mundo. Escapamos en la imaginación pero los animales fantásticos de nuestros cuentos hablan el mismo lenguaje con el que encargamos fiambres en el mercado. Escapamos de casa de nuestros padres sólo para años después encontrarnos en una nueva vida de hogar. Escapamos de la tradición para al final encontrar que creamos una nueva, porque la tradición es tiempo, y nadie puede escapar del tiempo.

Tiempo y espacio, más que los átomos son la base de nuestra existencia. La ruta de escape que abre Nusrat Fateh Ali Khan lleva en realidad a la mirada más valiente de la realidad. La que frente a sus horrores no aparta la vista. Porque vivir es un peligro. Pero la única opción a eso es la muerte, y ahí no hay lugar adónde huir. Es como al final de 'La historia interminable' de Michael Ende: Bastian tiene que volver para traer el agua de la vida al mundo y que así sobreviva Fantasía; si se queda, significaría la locura. Por eso el efluvio de Nusrat cura la demencia, anestesia angustias y ancla a la realidad. 

Comentarios

Más del blog de eRRe

Síguenos