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Mi mamá y los Foo Fighters
Sábado, 30 de Diciembre de 2017 1227 Rock 101 0

Mi mamá y los Foo Fighters


Por: Arturo J. Flores, editor de Playboy México / @ArturoElEditor


Mi mamá nació un 31 de diciembre. Siempre bromeaba con la idea de que si hubiera nacido un día después, sería un año más joven. 


El último de sus cumpleaños fue horrible. Tres años llevaba luchando contra el cáncer. Aquella mañana decembrina despertó con un dolor especialmente intenso. Algo aún más insoportable de lo que de por sí era su existencia.


Nos pidió que la lleváramos al hospital y supimos que iba en serio. Cualquier otro ser humano hubiera gritado desesperado con la mitad del dolor que aquejaba a mi madre, pero ella practicaba un estoicismo de samurái. 


Ni una lágrima se permitía derramar.


Mi tío la subió hecha un ovillo a su camioneta. Yo los seguí en mi propio automóvil. Por inercia encendí el estéreo. Hablo de 2007. Adentro traía un disco compacto. Comenzó a sonar 'Times like this' de Foo Fighters. No sé porque la hice repetir como 5 veces.


Nunca le había prestado atención a la letra como lo hice aquel último día del año. Conducía sobre Periférico imaginando que cerraría la última de las peores 365 vueltas al sol que había atestiguado, con la impotencia de no poder aliviar el sufrimiento de mi mamá. 


Cuando llegamos a la clínica, ingresó a Emergencias y dos horas después, salió aún más incómoda de lo que había entrado. Con una maldita sonda encajada en el cuerpo.


Volvimos a casa de mi tía, donde mi mamá convalecía. Otra vez ella en la camioneta y yo atrás, en mi auto. Escuchando a Dave Grohl cantar: “Soy el que se aleja manejando y después te sigue de vuelta a casa. Soy un luz que ilumina la calle. Soy una luz solitaria y salvaje que se consume en soledad”.


Fue la cena de Año Nuevo de la que tenga memoria. Con la familia reunida entorno a una mesa llena de viandas que nadie quería probar. Sin música, sin risas. Con mi madre postrada en la cama, librando una batalla que no escogió. Una que pese a estar perdida, continuaba martirizándola de maneras que no alcanzo a describir. Sólo la mente más perversa pudo concebir algo como el cáncer.


Mi mamá falleció el 2 de marzo del año siguiente.


Por fin, abandonó ese cuerpo que la enfermedad había triturado sin misericordia. 


Apenas tres años antes de su diagnóstico se había separado de mi papá, cambiado de casa y empezado a trabajar. Le costó mucho trabajo retomar el timón de su destino. Romper con todo aquello que no la satisfacía. Lo sé porque en realidad estuvo pagando la renta de un departamento durante 24 meses antes de mudarse. Porque las mujeres de su generación crecieron aleccionadas a que no podían enfrentar la vida sin un hombre a su lado. 


Hasta que un día, lo hizo. Estoy seguro que esos años que mi mamá vivió a su manera, antes de que el relámpago de su enfermedad la fulminara, fue inmensamente feliz. Valió la pena.


Comparto estas líneas porque invariablemente cada año que termina me regresa a esa mañana del 31 de diciembre en que, mientras apretaba el volante, escuchaba a Dave Grohl decir que “en ocasiones como estas aprendes a vivir otra vez”.


Lejos de decir que los 31 de diciembre me ponen triste, celebro que haya tenido la oportunidad de conocer a mi madre. Suena ridículo, pero si lo pensamos hay quienes no cuentan con ese privilegio. En vida me dio amor, consejos, apoyo; y después de partir, me sigue recordando, todos los años, que nunca es tarde para volver a empezar. Que, como establece el lugar común, lo único que no tiene remedio es la muerte. Por eso, antes de que llegue hay que darnos el lujo de arriesgarnos. De mi mamá aprendí que siempre se pueden quemar las naves para reinventarte.


2017 fue un año complicado para la mayoría de las personas, ¿pero qué vuelta al sol no lo es? 


Estamos a unos días de que concluya y de tener la oportunidad de reescribir nuestra propia historia. Musicalizada con las canciones que se nos antoje.


Si mi mamá hubiera nacido un día después, hubiera sido un año más joven.


No lo creo. 


Lo que en el fondo nos mantiene frescos es el cambio, el movimiento. El secreto está en lanzarse confiando ciegamente en el paracaídas de nuestra intuicion﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽das de nuestra intuicicñonllas esta noche. Pero me divide la indecisis canciones que se nos antojen.ón.


Como dice aquella canción de los Foo: “soy el nuevo día que amanece, el cielo nuevo para colgar las estrellas esta noche. Pero me divide la indecisión: ¿debo quedarme o huir, dejándolo todo atrás?”.


Yo siempre apuesto por lo segundo.




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