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Avándaro entre líneas, a 45 años de historias no contadas
Lunes, 19 de Septiembre de 2016 17528 Rock 101 0

Avándaro entre líneas, a 45 años de historias no contadas

 

Por: Alex Avilés

 

Lo que pasó en Avándaro se quedó en Avándaro y lo que sucedió en aquel septiembre de 1971 ha pasado y seguirá pasando a la historia como una leyenda épica de generación en generación. Como buenos mexicanos moralinos, a los padres y madres que fueron testigos de este acontecimiento, aún les cuesta trabajo (cuando no niegan en absoluto haber estado ahí) hablar de lo ocurrido en esos dos días donde una multitud de alrededor de cien mil personas (otros dicen que trescientos mil), se dieron cita cerca de Valle de Bravo para escuchar el mensaje de paz y amor de doce bandas que tocaban eso que los oídos humanos comenzaban a reconocer como música rock.

 

Buscando testimonios para esta remebranza me doy cuenta de lo afortunados que fueron quienes asistieron a ese lugar, pues gracias a que no existía herramienta tecnológica alguna que pudiera guardar registro de lo ahí ocurrido, la mayoría de los testigos debe acudir al único medio que tienen: sus magníficos recuerdos. Casi nada grabado, muchas fotografías y millones de anécdotas no contadas es lo que sabemos hoy del mítico Festival de Rock y Ruedas donde jóvenes de distintas clases sociales e ideologías se reunieron con el único objetivo de escuchar canciones de rock.

 

 

Sobre Avándaro, lo que seguramente has escuchado y vas a escuchar al respecto, no es casualidad sino porque los redactores de la historia de México así lo han querido como casi todas las historias que valen la pena contarse sobre nuestro país y que han sido mal contadas por esos hombres de negro que, sobre Avándaro, nos narran una historia de sexo desenfrenado, drogas descontroladas y ruido sin ton ni son. ¡Colosal orgía!, Vicio y degradación (revista Mañana) o el favorito de siempre,  el Alarma con su ¿Amor y Paz? ¡El infierno! Fueron tan solo algunos de los encabezados que se leyeron la mañana del 13 de septiembre de 1971.

 

Una hilarante historia acerca de “una encuerada” que en un momento de frenesí provocado por el exceso de sustancias prohibidas se despojó impúdicamente de sus prendas para incitar a todos los demás jóvenes a ese festín de depravación. De esta historia, rescato y transcribo lo transcrito por José Woldenberg (también testigo) a través de la voz de Federico Rubli, que en su libro 'Estremécete y rueda' cuenta lo siguiente:

 

“Tocaba La División del Norte, el público estaba eufórico, “un fuerte alarido atrajo mi atención… (Sobre un tráiler) una chava morena de pelo negro, lacio y largo con una cinta alrededor de la cabeza bailaba rítmicamente, sólo que estaba en pantaletas, pues se había quitado los jeans. Después de un rato se volvió a poner sus pantalones. Siguió bailando… Esporádicamente se alzaba su playera blanca para dejar al descubierto sus senos, sin brassier, desde luego… hasta que decidió despojarse de toda inhibición quitándose su playera de color blanco. Después de un rato, el personal de la organización la retiró del techo del tráiler. No se volvió a saber nada de ella en toda la noche, ni nunca más”.
 

 

Narra Wolldenberg, que luego de esta anécdota, la figura semidesnuda de una completa desconocida se convirtió en  el ícono de toda una generación. La revista Piedra Rodante de aquellos años publicó una supuesta entrevista con Alma Rosa González López “La Encuerada de Avándaro” una chavita de onda, muy maciza y que siempre andaba pastel, la cual resultó ser una invención por parte de la publicación, misma que sería desmentida en el año 2001 por el periódico La Jornada donde Oscar Sarquiz, conocido crítico de rock en entrevista con Manuel Aceves (director editorial de Piedra Rodante en tiempos de Avándaro) sacaría los trapitos al sol de semejante osadía a la luz de la honorabilísima Dirección Federal de Seguridad que al amparo de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública en donde yace clara y transparentísimamente, la verdadera identidad de esta joven quien hoy debe vivir a sus 64 años con una sonrisa perpetua e inmortal debido a su travesura. 

 

 

Seguramente también has escuchado o escucharás que todo estaba mal organizado, que hubo personas que se quedaron varadas en la carretera, que había que caminar un chorro, que no se podía escuchar casi nada de música debido a que el sonido era malísimo y que lo único que podías ver era muchachos y muchachas en trance por la enorme cantidad de mariguana que habían consumido; que los camiones “iban hasta las chanclas”, que no había nada para comer o beber, que la luz se fue. Pero al leerlo con ojos modernos nos damos cuenta que ese es justo el típico ambiente de un festival de música o ¿En serio alguna vez has acudido a algún festival donde no existan todo tipo de obstáculos? Y eso que ahora vivimos plenamente cobijados por el capitalismo emprendedor que no nos deja sufrir por cerveza ni un instante. 

 

Algunos testimonios rescatan que el gobernador del Estado de México en ese entonces, Carlos Hank González, llevado por engaños creyó noblemente que lo que se celebraría a la par de la carrera automovilística sería una simple Nochecita Mexicana, permitiendo de esta forma que el festival se llevara a cabo sin contratiempos. En realidad no había nada por lo que alguien debiera preocuparse ¿o si?

 

No debemos olvidar (ah porque a los mexicanos nos gusta mucho eso de olvidar) que para septiembre de 1971 habían pasado apenas tres años de los oscuros acontecimientos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas y apenas unos meses antes de llevarse a cabo El Festival de Rock y Ruedas, otro episodio de represión por parte del gobierno en turno conocido como El jueves de Corpus resonaba en la conciencia colectiva de una juventud herida, despojada de toda dignidad, atemorizada y descorazonada, pero al fin, energética y optimista. 

 

De tal forma que algunos sectores del gobierno se sintieron inseguros al enterase sobre esa aglutinación multitudinaria de jóvenes que al estar motivados por esa música del diablo y sabe Dios que sustancias, quien sabe, podrían sentirse estimulados hacia la rebelión y el libre pensamiento y pues eso no, ni Dios lo mande. Es por eso que como un paisaje natural de nuestro país, podían observarse policías uniformados por doquier, y sí, también se cuenta que hubo agentes encubiertos. Sin embargo, el de Echeverría era mandato de primer mundo, moderno y progresista, su gobierno hizo un gran esfuerzo por tratar de suavizar el 2 de octubre y liberó presos y perdonó a los exiliados; jamás de los jamases permitiría que en un encabezado de prensa apareciera un “Cancelado El Festival de Rock y Ruedas por descontrol ante sustancias” nonono ni Dios lo mande, dejemos que los jóvenes se diviertan, se lo merecen. Simplemente no dejemos que esto vuelva a suceder. México no está listo para el rock, le susurró Pepe Grillo al oído a nuestro querido presidente quien nos protegió durante muchos años de caer en el  mal camino del rock y sus demoniacas enseñanzas.

 

Lo que sucedió después es ese chisme que todos saben pero nadie quiere decir; más de una década de oscurantismo cultural que nos dejó a muchos Albertos Vázquez, muchas Angélicas María y ningún concierto de artistas internacionales que pudiera reunir a más de cien jóvenes en un mismo lugar ¿No los llena de curiosidad saber que hubiera sido del rock hecho en México si éste hubiera seguido su cauce natural después de ese festival? A mi sí. Es un poco el mismo morbo que da pensar qué hubiera sido de México de no haber sido conquistado y todas esas fantasías que entran en el catálogo de los hubiera.

 

 

Afortunadamente lo que se cuenta en la otra historia de México, esa que fluye de manera natural de oído a oído, de padre a hijo, en papelitos, en chismes, entre amigos, esa que nos suena a verdadera historia, nos cuenta cosas mucho más agradables acerca de ese mítico festival donde por primera vez, los jóvenes mexicanos daban rienda suelta a sus fantasías musicales. Es probable que alguien haya decidido comenzar a tocar la guitarra después de escuchar a La Tribu o a los Three Souls in My Mind; aunque algunos aseguran que, por ser el último número, a estos últimos, más bien los dejaron solos. Seguramente muchos padres se enamoraron escuchando rolas de Peace and Love; lo que sería raro porque fueron ellos los que, según cuentan, incitaron un poco al caos con sus palabras altisonantes. Quien sabe, quizás exista el caso de alguien que fue concebido al calor de las canciones de El Amor; aunque la mayoría recuerda haberlos abucheado por fresas.

 

Probablemente muchos grupos de amigos se conocieron ahí entre el polvo y el lodo escuchando a Bandido, a El Epílogo o a La División del Norte. También existe el caso de aquellos que escuchando a El Ritual, a los Yaki o a Tinta Blanca hayan visto una visión de su futuro como hacedores de una industria musical nacional naciente y prometedora y que hasta el día de hoy se aferran a este sueño, esperanzados. El propio padre del primo de un amigo, dejó a su esposa en cama a días antes de dar a luz para ir a escuchar a los Dug Dug’s y también existe el caso del padre de otra amiga quien dijo estar trabajando para luego salir muy eufórico en la foto de la portada de uno de los tantos LPs recopilatorios. Sabía que estas anécdotas me servirían algún día. 

 

Lo cierto es que leyendo las entre líneas de aquello que en verdad sucedió aquel septiembre de 1971, lo que percibimos algunos de aquellos que no estuvimos ahí se reduce al olor de una primera aventura, a las cosquillas del primer amor, a las sonrisas emanadas de la hermandad, al eco de la solidaridad que los jóvenes algún día tuvimos, a la ansiedad de ser parte protagónica de un mundo mejor, a una rebeldía encausada a la esperanza, a la convivencia armónica, en fin, a historias que hablan sobre paz y amor.

 

Bibliografía

  • Ribli Kaiser, Federico. Avándaro 1971. A 40 Años de Woodstock en Valle de Bravo. Columna Registro Personal para Nexos. 16 de septiembre de 2011.
  • http://www.pedromeyer.com/galleries/avandaro/indexsp.html
  • Woldenberg, José. La Encuerada de Avándaro
  • El Universal. Rock and Blog. 15 de septiembre de 2011.

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