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El desierto, los Cramps y unos senos que hacen dudar
Domingo, 19 de Marzo de 2017 7316 Rock 101 0

El desierto, los Cramps y unos senos que hacen dudar

 

Por: Julio César Osnaya / @34Bogas

 

Katherine y yo viajábamos en su auto de Dolores Hidalgo, hacia Guanajuato, la noche revestía el camino con una crecida oscuridad; yo conducía con la quietud que imponía la lobreguez de aquella sombra, la carretera, vacía, zigzagueaba lomas y valles desérticos, serpenteaba áridas tierras insurgentes donde las voces rebeldes no sonaban más, nada quedaba ya en el país sobre insurrecciones, todos nos habíamos convertido en un molde tan predecible y falso, que el solo hecho de pensar en ello me avergonzaba, motivo por el cual aceleré lo más que pude para enfocar mi atención en la carretera y las maniobras. Recorrido la mitad del camino, inconscientemente fui obligado por la noche a parar, pedía de mí tributo; de modo que estacioné el auto en una cuneta, apagué el motor y salí, de inmediato se apoderó de mí el miedo, la penumbra me ordenaba entrar en ella, me arrastraba hacia sus entrañas.

 

- Bajemos del coche-Dije a Katherine - Anda, baja…

- ¿Acaso estás pendejo? - Me cuestionó con una angustia que desfiguraba su rostro.

- No, no lo estoy - Mentí, claro que estaba pendejo, pero no se lo diría, no le reconocería eso.

- No bajaré por ningún motivo, nadie me moverá de aquí - Se aferró al asiento y se ajustó de más el cinturón de seguridad.

- Bien, pues caminaré solo…

- ¡Sí, camina, ve solo y piérdete de esto! - Se tomó los senos, me hizo dudar un momento, después caminé hacia el desierto donde mis pasos eran cada vez más cortos y la oscuridad más lapidaria, hinchada de negro y funesta.

 

Miré hacia la bóveda celeste donde la Vía Láctea diseminaba cierta esperanza en ese desolado pabellón desértico, observar aquello, junto con decenas de constelaciones, me distrajo un momento pues me vino en mente todos los enredos de la mitología griega; mientras divagaba en esas memorias milenarias no paré de caminar, no tomé en consideración cuánto me había alejado del auto, así que miré a mis espaldas y las luces intermitentes a penas y les veía parpadear, no así una estrella fugaz que atravesaba el cielo; mi vista ya aclimatada a la oscuridad pudo reconocer varias especies de cactus en el pastizal que se extendía por toda mi visión, nunca había estado tan indefenso y vulnerable, por fin era un hombre.

 

Ninguna tecnología ni atisbo de civilización al alcance, solo el temeroso ruido de mi mente, que arrinconada y sobrecogida, buscaba una manera de salir adelante con la amenaza que la soledad oprimía. El viento, salvaje, desquiciante y aterrador, bramaba más en la noche pues era el aliento contenido de lobos y coyotes. Pequeños remolinos acarreaban en sus fauces de viento a serpientes y alacranes; la Sierra Norte de Guanajuato erguía su poder nocturno empuñando amenazante con sonidos desconcertantes y desconocidos para mí, desplegaba su dominio y autoridad con una orfandad exasperante. Escuchaba el veloz andar de lo que suponía eran pequeños animales pues mi vista no les encontraba, situación que agravaba mi angustia; mis pasos ocasionaban un crujir, un atisbo de lo desconocido, como todo lo que veía, percibía, sentía, oía y olía, todo me desconcertaba, todo me maravillaba, era una ambivalencia inédita que me provocaba ideas y pensamientos que se balanceaban en los desfiladeros de lo recóndito.

 

El viento discurría con marejadas sonoras que solo hacían pensar en la infame condición humana, sinfónicamente, insectos elevaban sus chirridos, claro que lo más estridente, o al menos lo que más escuchaba, era una voz interior que gritaba desesperada salir huyendo de ese lugar. En el horizonte pude distinguir que algo se movía, ese algo tomó camino hacia mí, ese algo tenía un andar muy rítmico y despreocupado, ese algo era una animal, ese algo era un zorro que paró frente a mí, no tuvo miedo y fue muy sereno en su análisis, muy analítico me recorrió con su mirada, indudablemente discernía sobre la inutilidad de un ser como yo, seguramente su instinto no le alertó, pues en efecto yo no representaba ninguna amenaza, lo digo porque mis habilidades, mis destrezas no eran un serio peligro, se alejó pasivamente pues sus genes algo le decían que los humanos no eran de fiar, hizo bien en desplazarse hacia quién sabe dónde.

 

Sombras y penumbras fueron atravesadas por el suave sonido de un aleteo que me obligó mirar el firmamento, en el que pude distinguir un búho que volaba serena y pausadamente, seguro de sí mismo; atento en su cacería continuó con su vista binocular, por mí cuenta le seguí el rastro fácilmente pues su pecho, blanco, resplandecía en la noche.

 

Desconcertado y desorientado, miré mi reloj, habían transcurrido treinta minutos desde que bajé del auto, no había caminado mucho pues aún podía vislumbrar las intermitentes del coche, recordé a Katherine, tuve que regresar. El frío, que no lo había mencionado, había anidado en mí con sus gélidas cuchillas que más vulnerable me exhibía, a momentos me obligaba no pensar nada. Durante mi regreso, si deseaba observar el cielo, paraba; para caminar fijaba mi vista en el suelo, sobretodo es lo que hacía, inspeccionar velozmente la tierra que pisaba, así avanzaba hasta que paré de improviso e instintivamente, un aullido, un estruendo vibrante, el bramido vocal y fonético de un coyote ahogó aquella sala teatral donde la función, adversa y fatídica, era presentada al único condenado que se apercibió en el desierto, escuchar aquello me impuso un respeto que ya no tenía por nadie, al mismo tiempo fue una sinfonía que me arrastró al deleite, aquel solitario recital se convirtió en un concierto a dos voces, Katherine gritaba desesperada, imaginé lo peor, corrí tan rápido como pude hacia ella y cómo me lo permitió el terreno, mientras me acercaba, la vi a lo lejos manotear en el interior del auto; llegué, abrí la puerta, el descontrol le poseía, bueno, a todos, pero más a ella en ese momento, le preguntaba qué sucedía, le cuestionaba los motivos de su comportamiento, pensé en el desierto, en la desquiciante situación en la que nos encontrábamos; no respondía, no hilaba palabra alguna, solo balbuceos delirantes. Pasados algunos minutos, todo aquello acabó pues se desvaneció sin fuerza alguna, los músculos que pudieron reaccionar fueron su cerebro, corazón y quijadas que se abrieron para pronunciar misericordia.

 

- …Llévame a México con mi doctor… - Katherine había sucumbido ante la marejada de la esquizofrenia, padecimiento que aquejaba su mente desde hacía años. Muy al principio de conocernos me advirtió qué hacer en caso de crisis, abrí la guantera en donde tomé una pequeña libreta con nombres, direcciones, teléfonos y medicamentos (le propiné un par de antipsicóticos); después, al mismo tiempo que tomaba aire para despojarme de la angustia, escuché el retumbante llamado del coyote, después el único rugir fue el motor del auto al que sí pude domar y controlar durante más de trescientos sesenta kilómetros; el trayecto, a pesar de llevarlo a cabo a velocidades que oscilaban entre 180 y 210 kilómetros por hora, solo representaron lo que pudo ser una muerte ordinaria que sería referida en los periódicos como una más; en cambio, de haber muerto en el desierto, los rotativos no hubieran dado crédito a la tragedia, pues habría dejado morir enloquecida a una bella mujer mientras yo buscaba una verdad inexistente y era devorado por una jauría de coyotes.

 

Uno de los impulsos para conducir con ese frenesí fue la música, The Brian Jonestown Massacre, en especial con la pieza This Is The First Of Your Last Warning, me impulsaron, el título, a modo con todo lo que me venía sucediendo, Esta es la primera de tú última advertencia, lo explicaba todo, es decir, había tentado de más a la muerte. Las últimas tres horas, el delirio, que se adornaba con desequilibrio, paranoia y perturbación, lo habían sido todo para mí. Durante el trayecto, ocasionalmente, Katherine volteaba su rostro hacía mí, abría sus ojos, emitía la más infantil y pura de las sonrisas, desconozco qué visiones alucinantes habían desencadenado esa furia inimaginable, como del mismo modo cuestionaba qué veía en mí.

 

 

Cuando llegué a la caseta de Tepotzotlán, paré para volver a repasar el instructivo, el primer paso era llegar al hospital español, acción que no me llevó ya mucho tiempo, al llegar ahí metí el auto por la zona de emergencias donde nos recibió personal médico, entregué un carnet clínico con un historial indescifrable para mí, después de eso la tomaron y la ingresaron a un consultorio; esperé ahí alrededor de cuarenta y cinco minutos. El médico en turno dictaminó que era necesario mantenerla en observación durante una semana, así que desde esa noche quedaría hospitalizada. Recetada y medicada con ziprasidona, salió totalmente sedada, su voz era lenta y de verdad se esforzaba por mantener los parpados abiertos. Como era fin de año y el personal era escaso, me permitieron quedarme esa noche para alertarlos sobre cualquier posible incidente que finalmente no sucedió; a la mañana siguiente llegó una enfermera con un desayuno advirtiendo que en cualquier momento llegaría el médico a revisarle; posteriormente salió sin decir palabra.

 

- …gracias… - Katherine balbuceaba - …eres un amor… - Me dijo arrastrando todas las palabras - Ven, acércate - Me acerqué, se levantó de la cama quedando sentada frente a mí, empezó a frotarme la entrepierna.

- ¿Qué haces? - Cuestioné nervioso.

- …agradeciéndote amor… - Sonrió maliciosamente al mismo tiempo que su lengua humedecía los labios.

- ¡Pero en cualquier momento llegará el doctor! - Solté alarmado pues mi intranquilidad era mayor.

- ¡Ay, qué fijado eres! - Bajó el cierre de mi pantalón y volvió a sonreír mientras su mano entraba maniobrando para empuñarme, después sus labios blandieron los más exaltados cometidos, el delirio, una vez más, lo tenía conmigo.

 

Inesperadamente un ímpetu abordó su cerebro, le llegaron fuerzas que me arrojaron a la cama para de inmediato atrancarse contra mí y despojarse de su bata con un solo movimiento, entonces pude admirar sus senos, rebosantes, exaltaban lujuria y deseo, exigían ser dominados, sometidos por mí, fue lo que hice; el cenit de toda aquella carne era coronada por otra piel igual de refulgente; Katherine, una vez más estaba fuera de este mundo y no era la esquizofrenia la causante, era yo, un simple y ordinario ser humano que sin ser diagnosticado, alucinaba estar con Afrodita; su rostro reflejaba un placer enardecido que era exaltado por su figura, mi percepción no concebía que esa deidad del desenfreno estuviera ahí conmigo, gritando, gozando, retorciéndose, emitiendo gemidos propagados por el placer que eran opacados por un ruido de guitarra que se escuchaba desde fuera. Terminamos, o mejor dicho terminó conmigo, como siempre sucede, las mujeres te ultiman, de una u otra manera. El ruido no cesaba, incluso era más alto; ya vestidos salimos a uno de los patios y mi sorpresa no admitía lo que veía y escuchaba, era tal mi asombro que me acerqué a esos tipos que tocaban música, me quedé parado frente a ellos como otros pacientes igual de atónitos, aquellos por otras causas; intentaba reconocer los rostros de los integrantes de la banda hasta que The Way I Walk me confirmó que se trataba de los Cramps, ¡qué diablos hacían tocando ahí!1

 

 

No daba crédito ni mucho menos encontraba una razón por la que estuvieran sonando en ese pabellón de enfermos mentales; aunque claro, las últimas doce horas no habían tenido el mínimo sentido de la cordura. La audiencia, irreflexiva, como cualquier otro público que se digne ser respetable en cualquier concierto, se movía con lentitud, era evidente que el Risperdal, Seroquel o Clozaril anegaban las mentes de los concurrentes, algunos caminaban entre el improvisado escenario, otros se colgaban de Lux Interior, el vocalista; y unos más miraban impávidos a consecuencia de las dosis clínicas. Los enfermeros, las cuidadoras, observaban atentas, me acerqué a una de ellas y le cuestioné cómo es que habían llegado ahí los Cramps, me respondió que el padre de uno de los internos los había contratado para la cena de fin de año, audición a la que no llegaron pues Poison Ivy, la guitarrista, había pasado la noche con un chofer mexicano. Cuando iniciaron What´s Behind The Mask, una joven mujer caminó bailando hasta el micrófono que fue compartido por Lux Interior, y con una voz encontrada soltaba incongruentes palabras, algunas de ellas inentendibles, fue un dueto… sí… muy, muy loco. Después continuaron con Human Fly, la guitarra desquiciaba aún más en ese ambiente trastornado, la audiencia totalmente arrítmica desplegaba en algunos una gran atención, en otros un enorme desinterés; uno de ellos se sentó a los pies del segundo guitarrista y jugueteaba con uno de sus zapatos, un paciente de sobrero se paseaba marchando entre el escenario alrededor de todos los integrantes mientras la voz entonaba, I´m a human fly/and I don´t know why, entonces un convaleciente extendió sus brazos como si volara, zumbaba haciendo coros a la canción; luego siguió Domino, estallando desde el inicio con guitarrazos, tamborileos y los alaridos de Lux, que cuando terminó las primeras líneas, tomó a una de las pacientes para bailar el más perturbador de los valses. El concierto, acometido por la descompostura del sonido, expuso la médula del furor así como las canciones T.V. Set y Mystery Plane. Con la que terminarían el recital fue She Said, que expuso la euforia de los presentes añadidos algunos enfermeros; incluso se escuchaba que algunos coreaban el título de la canción y señalaban a las diversas mujeres que se encontraban en ese patio; al cabo de la pieza, nadie pidió otra, no hubo encore y todo continuó con normalidad, la banda, así mismo que el personal levantaron todo el equipo para después salir todos ellos apaciblemente. Yo continuaba aturdido por el espectáculo de los Cramps y azorado por el comportamiento de los confinados que me maravillaba, pues demostraba la equivocada percepción que la monopólica sociedad nos ha entregado de locos y manicomios, estas personas solo habían tenido la mala fortuna de padecer trastornos mentales.

 

Sin darme cuenta y sin saber cómo, los internos, incluida Katherine se sentaron en círculo sobre un jardín, me invitaron a tomar asiento, ahí, uno a uno develaron qué motivo los tenía hospitalizados, trastornos de todo tipo, antisocial, obsesivo compulsivo, de identidad, de ansiedad; uno más tenía síndrome de Cotard2, otros neurosis, psicosis, la esquizofrenia de Katherine; en fin, cada cual expuso las enfermedades que les aquejaban incluidos síntomas y experiencias que les mantenían allí; cuando todos terminaron con sus ponencias mentales, preguntaron la razón que me tenía hospitalizado.

 

- ¿Yo?... pues… yo tengo… - ¿Qué enfermedad tenía yo? ¡Ni siquiera lo sabía! Estaba peor que ellos y podía caminar libre por la ciudad. El mundo era un completo desastre. - No lo sé, aún no me han diagnosticado. - Respondí apenado. Ha de ser algo muy grave, dijo uno de ellos, después todos vociferaron grandes carcajadas - Sí, eso ha de ser - Me uní con mi sardónica e irónica risa. Finalmente era uno de ellos.

 

 

1Concierto realizado el 13 de junio de 1978, en el Hospital Estatal Mental, en Napa, California.

 

2Trastorno psiquiátrico, el afectado cree que ha muerto, o que ha perdido la sangre o algún órgano interno. 

 

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