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La música como ornamento o ¿por qué ya no bailas?
Lunes, 13 de Febrero de 2017 6355 Rock 101 0

La música como ornamento o ¿por qué ya no bailas?

 

Por: B7XO / @Btxo


Las reuniones en la casa de los abuelos tenían como centro neurálgico un Gradiente brasileño con tornamesa, deck y ecualizador modificado, además de una serie de cajones custome esparcidos alrededor de la enorme sala para crear un efecto envolvente, o como llamaban entonces: cuadrafónico. Ni maldita idea, pero lo que llamaba mi atención a mis escasos seis años de edad era que cada uno de los cuatro cajones contaba con cuatro tweeters, dos medios, un woofer de 22 pulgadas y un ecualizador básico de tres canales con leds, todo funcional. 

 

Aquello podía parecer exagerado si tomamos en cuenta que mi abuela escuchaba a Julio Iglesias los domingos en lugar de ir a misa, pero el verdadero impacto comenzaba cuando mi tíos Pepe y Toño se apoderaban del artefacto para colocar la aguja en el surco correspondiente a 'Time' de Pink Floyd porque el sonido brillante y metálico de los engranes y las campanas del reloj se repartía perfectamente en su altavoz correspondiente y, no miento, el efecto te hacía voltear de un lado a otro cuando te parabas en medio de la sala, para tratar de cachar la secuencia del sonido. 

 

En casa de mis padres la sonorización de nuestras vidas comenzó con un pequeño tocadiscos National de dos bocinitas que se jubiló y dejó su sitio a un poderoso Telefunken alemán con caja al fondo que traía a The Who a tu propia sala y hacía que el suelo del pequeño departamento se cimbrara con la cadencia Richter de una manada de búfalos en tropel. 

 

Recuerdo que entonces, así como décadas después sucedió con los automóviles tras la primera entrega de 'Fast and the Furious', el vicio de la customización se aplicaba en los aparatos de sonido de las casas particulares para ganar potencia sin perder fidelidad y competir con el audio del vecino. 

 

Debido a la potencia del Telefunken el aparato siguió en nuestras vidas hasta que dio de sí, pero recuerdo muy bien el día que el tío incómodo que se dedicaba a robarle los discos a mi papá señaló que su recién adquirido Aiwa –de plástico, literal– poseía mayor potencia y fidelidad, y que un vaso medio lleno, colocado sobre una bocina, tardaba 30 segundos en caer con el solo de batería de 'In-a-gadda-da-vida' de Iron Butterfly. Con el Telefunken tardó 10 segundos y desde entonces comencé a dudar de los estéreos de plástico. 

 

 

Para un buen melómano debe ser tan importante su colección de discos como el aparato que vomita su sonido, y casi nunca le prestamos interés a semejante detalle. Hoy en día, quienes se dedican a la compra de vinilos dedican poca atención en adquirir un sistema de audio poderoso y perfectible, o maleable, para arrancarle o diseñarle otras ventajas. Es posible que esto se deba a la necesidad de rememorar aquellos días románticos en que el sonido era más cutre y por ende retro o vintage, y bastaba con colocar el plato sobre una tornamesa portátil. Otra razón puede ser la escasez de refacciones como agujas adecuadas y hasta bulbos para tener a punto un estéreo modular viejo pero mastodóntico, y la inversión que eso significa. 

 

 

El sonido de la mayoría de las fiestas de ahora, a no ser que haya un DJ con equipo decente, es sucio y grosero debido principalmente a que la mayoría de los tracks están comprimidos en MP3 y, generalmente, se lanzan desde una USB o un iPod y son escupidos por bocinas sin cono de marca apócrifa que compras en una tienda afuera de la estación del metro Zapata. Pero tampoco hay tanto problema porque en las fiestas la música ha tomado un papel secundario, como decoración de fondo. ¡Ya nadie baila! Y, en todo caso, quien se atreva ya está suficientemente ciego de alcohol como para señalar que, en efecto, se escucha horrible. En una fiesta, el lugar otrora preponderante de la música ha adoptado tintes tan insignificantes como la presencia de una lámpara o una escultura de Lladró. 

 

La facilidad con la que se reproduce, descarga, piratea y copia la música para trasladarla a una USB o un trozo de plástico como un iPod ha fomentado la descomposición del arte que es escuchar piezas ya sea en tu sala o en una fiesta en donde lo que importa menos es la música en planos generales.

 

Antes –ya estamos hablando como viejitos– una fiesta o una reunión se adecuaban de acuerdo con un maridaje en el que todos sus componentes embonaban perfectamente. No sólo se trataba de la ambientación general sino de las viandas, la cava, el equipo de audio y, por qué no, el personal invitado y su ánimo. Hoy son tertulias infumables, sonorizadas con una minibocina Bose, que fallecen cuando a algún borracho le da por llegar con un mariachi. 

 

Lejos han quedado esos divertidos y bélicos fines de semana en los que tu vecino ponía a Roberto Carlos en su Kenwood y tú le ametrallabas la autoestima con 'La Negra Tomasa' en tu Telefunken de bulbos, con hiss incluido. 


Porque hoy la música, fuera de tu plano personal, ha perdido importancia cuando se trata de globalizarla y de dejarse llevar por su cadencia. 

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