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Los festivales musicales, anclados en el “Status Cool”
Jueves, 17 de Noviembre de 2016 4064 Rock 101 0

Los festivales musicales, anclados en el “Status Cool”

 

Por B7XO (@Btxo)


El primer festival de música al que asistí fue uno de reggae allá por la colonia Granjas Esmeralda en una cancha de básquetbol y tocaban, creo, Antidoping, Dengue y Rastrillos. Era una cosa sumamente precaria con seguridad cero, una nube perenne de ganja y algunos puestos de pulseras de cuero, pashminas, aretes y hitters de madera y formas curiosas instalados aleatoriamente en el perímetro de la cancha. Además se vendían caguamas en bolsa con popote a 10 pesotes. A unos metros había una iglesia que, aquel sábado, llamaba a misa de siete con singular alegría. 

 

Entonces en México no había cultura de conciertos y eso había quedado patente en los malogrados y patéticos intentos de Rod Stewart y Bon Jovi, y las mejores tocadas se publicitaban de mano en mano con flyers ingeniosos, algunos coloridos, y otros mostrando su carácter undergrasa desde el diseño. Para poder ir era necesario conchabar a papá y mamá, dueños del dinero, quienes se aprovechaban de la necesidad musical de sus retoños y los negreaban con distintas labores hogareñas hasta conseguir lo del boleto y, acaso, un par de cervezas. 

 

Si acaso el festival era en Ciudad Universitaria o en la UAM Xochimilco la cosa era más sencilla porque el acceso era gratuito (si no contamos el kilo de arroz que sería entregado a comunidades indígenas de Chiapas) y lo de las cervezas salía del acoso a los estudiantes de seminario de la preparatoria. Volver a casa significaba una buena peregrinación a pie. Eran épocas románticas, pero los tiempos han cambiado demasiado. 

 

El día de hoy, acudir a un festival comienza con el torzón estomacal que surge tras ver publicado el cartel y después las fases de venta de boletos que en el primer mundo pueden ser equivalentes al orden pero que en un país como México más bien suena a chantaje. Si antes taloneabas a los protocuras ahora la casa bancaria oficial de los conciertos parece devolverte el favor con un karma que cotiza en dólares. Vender un riñón podría rescatar la empresa pero entonces no podrás tomar cerveza. 

 

Hace unos años el bueno y berrinchudo de Morrissey canceló su presencia en el Vive Latino argumentando –vayan ustedes a saber si fue cierto– que entre los patrocinadores del evento había una empresa de fast cárnicos que no le hicieron gracia. Una cancelación más en la frente del fanático de Oscar Wilde. Nada raro, aunque causó indignación, pero, de ser cierto, Mozzer demostró coherencia con su discurso. 

 

Las arengas políticas dentro de la música dejaron de hacerme gracia desde hace tiempo porque en realidad voy a disfrutar de las actuaciones, lo más adelante que pueda, y sin entrometerme en un slam que, a mi edad, podría trabarme las vértebras, o bien, arreglarme las que ya tengo torcidas. No quiero correr el riesgo, además uso lentes y salen muy caros. Ñoñazo, nenaza, lo sé. Pero el verdadero problema, inclusive más allá de la manera como se secuestra la posibilidad de adquirir boletos, radica en algo más profundo que pareciera no serlo en realidad. 

 

 

No obstante, mi reticencia ante el cántico sociopolítico tiene un buen subterfugio: los tiempos han cambiado. La música ha dejado de lado la colocación de mensajes porque el mundo avanza a una velocidad que no permite la disertación en las partituras ni el escenario. Quizás por eso los millennials se mostraron sorprendidos al ver que Roger Waters hacía un call to action (eh, qué tal el lenguaje mercadológico) tan directo como oportuno pero sin el adhesivo requerido. Y gratis, encima. 

 

No cabe duda que el modelo del VL se adecuó a los estándares de aquellos conciertos en Ciudad Universitaria tanto en formato como en el diseño del elenco para aprovechar la inercia. Sin embargo, dentro de la misma naturaleza comercial del evento, el festival fue mutando hasta adoptar directrices de primer mundo para dotarlo de cierta decencia y un aparente orden. Y está bien. No podemos decirle a nadie cómo manejar su negocio. 

 

 

Pero. ¿Acaso el target natural de un festival como el VL tiene los recursos económicos para acercarse sin refunfuñar? Aparentemente sí. A principios de los noventas lo melómanos mexicanos rogábamos por un concierto accesible tanto económicamente como en lo referente al transporte, y sobre todo con poco tiempo de diferencia. Hoy, hay que realizar una agenda anual para ver si le caemos a Suede o El Cuarteto de Nos en la Condesa, o al Corona Capital (cuyo target sube un poco en la escala) en el Foro Sol y hasta a Inna en el Pepsi Center (oh, pues, me gusta el EDM), y que esa inversión no se empalme con el pago de la colegiatura de tus hijos, el recibo del gas o el reloj Michael Kors de tu esposa (eso ya fue una mam…). Y en el caso de los grandes festivales es necesario contar con el dinero, las ganas, tiempo en línea y una tarjeta de crédito para garantizar un sitio como testa de la hidra. 

 

Para quienes somos godínez no es extraño ver que el millennial de al lado, quien quizás es el Content Manager de la empresa, pide que no lo molesten durante dos horas porque va a la caza de un par de boletos para él y su lady millennial. Antes nos formábamos de madrugada afuera del Palacio de los Deportes; definitivamente las formas han cambiado. 

 

Ahora se trata de un trajín capitalista y aparentemente ordenado que a los empresarios les funciona. Un boleto de un festival es equivalente al santo grial o a conquistarte a la reina de la escuela desde tu estatus de ñoño. 

 

Y ahora es cuando los literatos aplican la vuelta de tuerca porque yo quisiera saber si bandas de carácter social como Los Fabulosos Cadillacs, La Tremenda Korte, Celtas Cortos, Rancid, Attaque 77, Liran’ Roll e Inspector, por mencionar algunos, se sienten cómodos con ese trasfondo que, aparentemente, afecta su ideología humilde y la de sus seguidores más fieles, o si solamente se sienten parte de lo que hoy podemos denominar el Status Cool, porque un Vive Latino es un Vive Latino y la proyección es favorable. 

 

En aquellas épocas románticas era muy sencillo llevar unas monedas de más para ayudar a quien en la entrada de un festival de reggae en la Granjas Esmeralda pedía un “cualquier, cualquier” para completar su entrada o su caguama en bolsa, pero hoy tu corazón es la hielera que te ordena defender tu lugar como cabeza de la hidra antes de pensar en los demás. Es cosa de ideología, pues; por eso no critico a Morrissey. Además, la música es un negocio, eso debe quedar claro, y hoy en día abre sus puertas al mejor postor. 

 

No, no voy al Corona Capital, pero a Hombres G no me los pierdo por nada en el VL2017. ¿Por qué? Porque a pesar de las calamidades sociales Los Fabulosos Cadillacs le cantan a un mundo que ya no existe y Hombres G es mucho más divertido. 

 

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