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Todos los Bowie el Bowie
Jueves, 22 de Diciembre de 2016 3090 Spider J

Todos los Bowie el Bowie

 

Un texto de Rodrigo Fresán

El 11 de enero de 2016, el Control Terrestre se despertó con la noticia de la muerte de David Bowie un día antes y dos días después de haber editado lo que no era otra cosa que su milimétrico y perfectamente diseñado auto-requiem titulado ★ o blackstar. El canto del cisne negro conmemorando su sesenta y nueve cumpleaños, a la vez que —según su productor y mano derecha Tony Visconti— «un regalo de despedida para sus seguidores». Su primer número uno de ventas en USA (y en medio planeta) de inmediato fue pasto de pistas a lo largo de las poco más de cuarenta y ocho horas que sonó con Bowie todavía entre nosotros. Ahí estaba todo. El adiós como perfecto producto definitivo. Lázaro, la estrella negra como ese signo que se pone junto a una necrológica, o el nombre con el que se designa las lesiones y cicatrices necróticas de un cáncer feroz, o la manera astronómica de designar a las estrellas muertas que pierden su energía pero retienen su masa. Y, desde ahí, Bowie asegurando que en el Paraíso ahora todos lo conocen, y cerrando todo con un: «Seeing more and feeling less / Saying no but meaning yes / This is all I ever meant / That’s the message that I sent / I can’t give everything away». Pero, ah, Bowie vio y sintió y reveló tantas cosas a lo largo de su vida y de la distancia entre mínima y abismal que separa al terrestre Major Tom del extraterrestre Ziggy Stardust.

 

★ EL PRINCIPIANTE

 

Una particularidad del muy particular David Bowie (nacido en Brixton, al sur de Londres, 1947 como David Robert Jones) que lo convierte en espécimen casi único del Mundo Pop más allá de esa tan bien administrada rareza de tener un ojo raro: a diferencia de lo que suele ocurrir (arrancar con un gran éxito y luego tener que luchar palmo a palmo por la permanencia y desvanecerse), este hombre que alguna vez se definió a sí mismo como ‘Rock God’ empezó con una serie casi interminable de fracasos, erratas y declaraciones fuera de lugar. De semejante y curtidor entrenamiento —a golpes se hacen los astros— se comprende su posterior obsesión por adelantarse, por dar siempre en el blanco, por seguir esa senda de constante metamorfosis aunque en ocasiones signifique equivocarse o, sin que nadie lo entienda, adelantarse a su tiempo. Basta con consultar la primera aparición pública y en TV de Bowie con diecisiete años de edad en el Tonight de la BBC, 1964. Allí, Bowie se presenta como vocero de un movimiento conocido como Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Hombres con Pelo Largo. Una cosa ya queda clara: a Bowie le gusta que lo miren y lo escuchen. Y así sigue intentándolo, probándolo todo desde casi niño cuando es definido por sus maestros de primaria como «vitalmente artístico». C-c-c-cambios: enloquece con el Tutti Frutti de Little Richard y preocupa a sus compañeros boy-scouts con sus imitaciones de Elvis (con quien compartía día de cumpleaños); aprende a tocar el ukelele; su inestable hermano le descubre a Mingus y a Coltrane y decide probar el saxo; forma su primera banda a los quince años (The Konrads) con un look que recuperaría, a modo de revancha, para el Serious Moonlight Tour; después se pasa a The King Bees y fracasa con su primer sencillo (Liza Jane, de 1964); de ahí salta a The Mannish Boys y vuelve a fracasar con una versión de I Pity the Fool (1965); mudanza a The Lower Third y nuevo fracaso con You’ve Got a Habit of Leaving (1965) y otra canción de título más que revelador: Can’t Help Thinking About Me (1966); se une al combo The Buzz para volver a fracasar con Do Anything You Say(1966) para enseguida pasarse a The Riot Squad donde ni siquiera fracasa porque no llegan a grabar nada. A partir de entonces el por entonces Davy o Davie Jones, porque se hace famoso Davy Jones de The Monkees, decide cambiar de nombre. Primero, se hace llamar Tom Jones (mala suerte otra vez) y, por fin, ser David Bowie (alias en honor a un hombre de la frontera norteamericana famoso por su cuchillo) y lanza el más infame que derrotado The Laughing Gnome (1967) y, mientras toma clases de mimo con Lindsay Kemp, edita su primer álbum solista: David Bowie (1967). Pasa poco con él. Pasa casi nada. Pero no por mucho tiempo.

★ EL FAN

Como toda auténtica de verdad, Bowie fue un gran fan y un vampiro sin fronteras listo para aparecer en todas las fotos con famosos (¡Zelig Stardust!) y después revelarlas en casa y ver qué había allí de útil y práctico para asimilar a su persona. Y, sí, mi Bowie favorito es el Bowie Fan. El de Hunky Dory (de 1971 y donde homenajea explícitamente a Bob Dylan, a John Lennon, a Andy Warhol, a la Velvet Underground) a la vez que los utiliza como piedras fundamentales y vigas del tejado para comenzar a construir su propio mito y —astuto— ponerse a la misma altura. Así, canciones como Changes (sobre su propensión al cambio constante), Kooks (advirtiéndole a su hijo recién nacido Zowie sobre su anárquica vida familiar y su matrimonio con la volátil Angie Bowie), Quicksand (sobre una fascinación por lo oculto que lo acompañaría toda la vida) y The Bewlay Brothers (sobre su relación con su hermano primero lunático y luego suicida). O, en 1980, en el ya autofan y ya mencionado Scary Monsters (And Super Creeps), donde Bowie hace una primera restauración-retrospectiva de su paleta sónica y demuestra que es lícito y apropiado y genial ser seguidor de uno mismo. O en Let’s Dance (1983) con la perfectamente ejecutada adecuación de su singularidad al apetito de las masas. O en el inesperado y triunfal retorno de The Next Day (2013), una especie de Scary Monsters Redux con portada intervenida de Heroes. O en , donde se da se da el lujo final de diseñar su propia muerte, de leer las laudatorias críticas sobre todo el asunto, y de decidir que ya es hora de ser una brillante estrella muerta pero que siempre brillará con luz propia y voz única.

★ LA VOZ

David Bowie compone Life on Mars? como homenaje/respuesta al My Way de Paul Anka a ser inmortalizado por Frank Sinatra. Pero su historia es aún más interesante: en 1968, Bowie escribe la letra de Even a Fool Learns to Love para encimarla a la canción francesa Comme d’habitude de Claude François y Jacques Revaux (1967) cuyos derechos adquiriría Anka para rehacerla, sí, a su manera y para ser rápidamente abducida en 1969 por La Voz. Bowie también fue La Voz. La suya —su fraseo, su gracia dramática o su capacidad de amoldarse a la de alguien como Bing Crosby para, en un momento decididamente freak, cantar villancicos à deux— es tan inmediatamente reconocible como la de Bob Dylan y la de John Lennon. Además, y a diferencia de las de los anteriores, la suya fue y sigue siendo una voz virtuosa. Un estudio de 2014 determinó que rankea en la octava posición —justo detrás de Christina Aguilera y justo delante de Paul McCartney— a la hora de medir su alcance y variedad de registros vocales. Y, sí, todos nos sentimos un poco felices cuando nos enteramos de que le había arrebatado el primer puesto de ventas al 25 de la voz torrencial de Adele. Más allá de todo esto, a mí me sigue conmoviendo el modo en que Bowie dice/canta eso de «He’s Camelian, Co-median, Corinthian and Caricature» en The Bewlay Brothers. Y ese inicio de Rock ‘n’ Roll Suicide enumerando los pasos con los que «Time takes a cigarette, puts in your mouth / You pull on your finger, then another finger, then your cigarette». Y el recitado de todo el Eight Line Poem. Y, por supuesto, la manera ominosa en la que, en Ashes to Ashes, advierte en cuanto a mejor prepararse porque «Sordid details following…».

 

 

★ EL FAMOSO

Al final, Ziggy Stardust acaba devorado por sus propios fans y, sí, David Bowie sabe de qué se trata y cómo tratar a la fama y le dedica al tema la muy áspera Fame. Bowie siempre se muestra mucho y revela poco. Bowie que se corta y diseña y viste una fama a su medida y recibe (o envía a recibir) premios y rechaza títulos nobiliarios y asegura que «para lo único que sirve la fama es que te consigue rápido una buena mesa en restaurantes». Pero también, enarcando una ceja, es Bowie quien advierte: «Ustedes seguro que piensan que ser una rock star y estar casado con una supermodelo es una de las mejores cosas del mundo. Bueno, me temo que debo decirles que sí lo es». La muy influenciada influencia influenciante de Bowie —en 2002 fue coronado como «El artista más influyente de la historia»— es fácil de detectar en el histrionismo en escena, en la capacidad para reinventarse, en los jugueteos sónicos, en las alteraciones del timbre de voz, en la capacidad para convertir algo under en hit, por citar a unos cuantos, de Peter Gabriel y de Madonna y de Lady Gaga y Arcade Fire y The Killers y Queen (con quienes grabaría el magnífico Under Pressure) y U2 y Marilyn Manson y Nirvana (que desenchufaría magníficamente su The Man Who Sold the World) y Joy Division/New Order y Pulp y Blur y LCD Soundsystem y Talking Heads y Suede y The Cure y Moby y Depeche Mode y Nine Inch Nails y The Dandy Warhols y Philip Glass y en ese pequeño o esa pequeña que ahora mismo está en el estómago de su madre pero que un día va a escuchar a Bowie.

 

★ EL ACTOR

 

Y, aún así, siempre hay motivos de queja para ese personaje perfectamente actuado que es David Bowie por David Bowie: «Se la pasan ofreciéndome papeles en películas malas. Y siempre son roles de gays furibundos o travestis o marcianos». De nuevo: lo cierto es que Bowie nunca fue un gran actor, a no ser que el personaje se pareciese un poco a alguno de los muchos David Bowie. Los momentos vergonzantes en su filmografía son demasiados y enumerarlos sería como pegarle a un niño; por lo que, mejor, concentrémonos en su único logro total a la altura del debut (el alien-humanoide en The man who fell to earth de Nicholas Roeg, en 1976) y en sus varios logros parciales que prueban que al Bowie actor conviene ingerirlo en dosis homeopáticas de secundarios y cameos (The hungerInto the nightTwin Peaks: Fire walk with meBasquiatThe prestigeThe last temptation of christ), en los minutos de sus video-clips, y en sus grandes momentos como entrevistado en talk-shows o haciendo de sí mismo en Zoolander y humillando a Ricky Gervais en ese episodio de Extras, improvisando y dedicando y cantándole en la cara y a quemarropa eso de Little Fat Man.

Y, sí, Bowie fue tan original que rechazó la oferta de aparecer en un episodio de The Simpsons, seguramente porque eso ya lo hace cualquiera. También, quizá por los mismos motivos, descartó ser un villano en una de James Bond. Sus canciones, en cambio, siempre quedan bien en todas partes y en cualquier película y ahí están sus versiones acústicas y brazileradas en The life aquatic de Wes Anderson y aquella inolvidable carrera por París de Alex en Mauvais sang de Leos Carax (y décadas después en la carrera por New York de Frances en Frances ha de Noah Baumbach) mientras suena Modern Love como si se tratase de la última canción que vas a ver y oír en tu vida.

★ EL SEX-SYMBOL

¿Homosexual? ¿Bisexual? ¿Heterosexual? David Bowie jugó a todas las poses y posiciones y, con los años, se declaró «heterosexual de armario». ¿En serio piensan que le importaba tanto a él más allá de su valor promocional-escandalizante?

★ EL ENAMORADO

 

Aunque —más allá de toda intención degenerada hard-core perversa y exótica— David Bowie es más conmovedor que nunca cuando le canta al amor sin demasiadas metáforas y con las palabras justas. Bowie como enamorado del amor. Escuchar y emocionarse con este Bowie en Sorrow («I tried to find her, ‘Cause I can’t resist her»), Blue Jean («One day, I’m gonna write a poem in a letter / One day I’m gonna put that faculty together… Oh, Blue Jean / Is heaven any sweeter than Blue Jean»), The Wedding Song («I’m gonna be so good, just like a good boy should / I’m gonna change my ways / Angel for life»), Without You(«There’s no smoke without fire / You’re exactly who I want to be with / Without you / What could I do»), Modern Love («Gets me to the church on time»), Be My Wife («Please be mine / Share my life / Stay with me / Be my wife»), Tonight («I’m gonna love you till the end / I will love you till I reach the end / I will love you till I die / I will see you in the sky / Tonight»), Let’s Dance («If you say run, I’ll run with you / If you say hide, we’ll hide / Because my love for you / Would break my heart in two / If you should fall / Into my arms /And tremble like a flower«), Heroes («Cause we’re lovers, and that is a fact / Yes we’re lovers, and that is that») y, sobre todo y por encima de todo, en la gloriosa Absolute Beginners («If our love song / Could fly over mountains / Could laugh at the ocean / Just like the films»), donde se suspira que mientras tu sigas sonriendo no se necesita nada más, en cualquier parte, sin importar la ciudad dónde estemos.

★ EL CIUDADANO

 

Bowie nace londinense y muere neoyorquino. Y, por el camino y en Philadelphia, se vuelve blanco-negro con el plastic soul de Young Americans (1975). Y muta a junkie-satanista-nosferatu hollywoodense-paranoide en Los Ángeles donde llegó para dejar el rock y convertirse en director de cine y novelista y tuvo demasiadas novias y, se cuenta, almacenaba su semen y sus uñas para que las brujas del lugar no crearan una réplica suya que dominaría al mundo. También, de paso, azotado por una tempestad de cocaína bajo el sol, Bowie encargó allí exorcizar su piscina y grabó el siniestro y cromado Station to Station (1976), alimentándose exclusivamente con una dieta a base de pimientos y leche. Bowie en Berlín, donde entre 1977 y 1979 graba el álbum que incluye a la hipnótica/himnótica Heroes (y Low y Lodger) y se reúne con Iggy Pop y Lou Reed conformando una suerte de Tres Chiflados pre-punk. Y luego allí mismo, según las autoridades que siempre se lo agradecieron, contribuyó a la caída del Muro tocando a su lado, en 1987, para que lo escuchasen en la parte Oriental donde estallaron disturbios con su música de fondo. Y, finalmente y a título personal, Bowie en Buenos Aires: donde tocó varias veces, siempre se lo reverenció a la altura de The Beatles y Pink Floyd y The Rolling Stones y —¿soy el único que se ha dado cuenta?— una banda llamada Soda Stereo reescribió con astucia y talento la música de Modern Love para que sonase a Persiana americana, para que sonase a algo ya visto, ya oído, ya leído.

★ EL LECTOR

 

De todos los Cuestionarios Proust publicados por la revista Vanity Fair mes a mes en su última página, el que se le hizo a David Bowie es el único (escritores e intelectuales incluidos) donde se responde a la pregunta «¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?» con un categórico «Leer». Más adelante, interrogado en cuánto a qué es lo que más le gusta en un hombre, Bowie no duda: «Que devuelva los libros que se le prestaron». Y el mito asegura —seguramente una exageración— que Bowie leía hasta ocho libros por día. Aunque una cosa sí es fácil de comprobar: Bowie leía mucho y «vorazmente; así me eduqué a solas», regalaba muchos libros, y sus versos a menudo están trufados por guiños y alusiones de alguien que sabe de lo que habla y que —¡cut-up!— ha aprendido mucho y muy bien de las técnicas de William S. Burroughs. La lectura durante su adolescencia del On the road de Jack Kerouac fue uno de los momentos más epifánicos de su vida. Adoraba a Stephen King y a Martin Amis y a Julian Barnes; sentía un gran respeto por «la resonancia» de Thomas Hardy, pero «aún me cuesta un poco». Despreciaba a esos autores a los que no les encontraba «ningún utilidad, porque lo suyo no es aplicable, no es nada que me pueda servir», y contaba que le resultaba imposible desprenderse de todo libro que hubiese pasado por sus manos y ojos. Es conocido que parte importante del equipaje en sus tours era un par de baúles acondicionados para funcionar como bibliotecas portátiles. Hasta el final abogó por la lectura como método infalible para mejorar al mundo: «La gente es tan jodidamente tonta. Ya nadie lee, ya nadie investiga acerca de la sociedad y la cultura en la que ha crecido… ¿Cómo no amar al Oxford dictionary? La primera vez que lo leí pensé que, en realidad, no era otra cosa que un gran poema sobre todas las cosas del universo», dijo. Y agregó: «Estoy buscando financiación para la autobiografía no autorizada que estoy escribiendo. Si hay suerte, venderá tantos ejemplares que tendré la posibilidad de demandarme a mí mismo por una cantidad cósmica de dinero y así poder producir la versión fílmica en la que interpretaré a todos los personajes. David Bowie incluido».

 

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