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7 años
Un DJ en cada hijo te dio
Martes, 11 de Octubre de 2016 2251 Rock 101 0

Un DJ en cada hijo te dio

 

Por B7XO (@Btxo)

 

Abraxas, Ruidos de la Noche, Asfixxia, Falsa Alarma, Caravan, La Bruja, Bellum y Cráneo son los nombres de algunos grupos de rock que se movían a nivel subterráneo en el circuito de fiestas y bares de Coyoacán, Villa Coapa y, en algunas ocasiones, la colonia Condesa antes de ser chic.

 

A mediados de los noventas era común que en cada cuadra de cada barrio hubiese un grupo de rock ensayando éxitos de Nirvana, Metallica, Offspring, Iron Maiden y Caifanes, por mencionar algunos ejemplos, que serían presentados en alguna fiesta de fin de semana, algún evento partidista de cualquier color o, si había suerte, en un bar como apoyo del grupo estelar. No te pagaban pero había barra libre.

 

Entonces no había mucho apoyo para que las bandas de garaje se atrevieran a componer su propio material, y en muchos casos tampoco existía el talento para ello, pero sí para versionar y, en algunas ocasiones, mejorar el sonido de un éxito ajeno. El problema radicaba en que todos querían ser Caifanes o Héroes del Silencio pero las capacidades daban solamente para llegar a ese callejón sin salida.

 

Por lo general las bandas se formaban en los grupitos de chicos que se juntaban en las esquinas y las banquetas a escuchar música o contar anécdotas mientras rebajaban un cartón de cerveza y de pronto alguien tocaba la batería, alguien más la guitarra, otro se animaba a cantar y nadie quería tocar el bajo. Tocar el bajo parecía un castigo para el guitarrista: “El que pierda el volado va a tocar el bajo”.

 

Y así, por inercia, se corría la voz de barrio en barrio y de pronto había una junta de bandas en la casa de alguno de los músicos, mientras la mamá preparaba café, y se organizaba la primera tocada. Parecía una de esas reuniones cumbre de la mafia italiana en algún restaurante llamado, digamos, El Vesubio.

 

La formación básica no pasaba de dos guitarras, bajo, batería y una voz; al grupo que tuviera teclado se le consideraba afortunado aunque demasiado pop. Entre todos se prestaban algún platillo, o un bombo, o amplificadores y hasta cables. Había mucha camaradería pero poco trabajo en equipo.

 

Aquello habrá durado hasta principios del siglo XXI, gracias a la llegada de la tecnología casera porque de pronto las bandas redujeron la cantidad de miembros, algunas desaparecieron y otras se quedaron en ese limbo que se reduce a los bares de Villa Coapa.

 

 

Entonces vino otro fenómeno, aupado por el énfasis de la música electrónica, y de pronto algunos de aquellos músicos se convirtieron en DJs. La mayoría de los que conozco, y yo mismo, pertenecimos a una banda de rock. Músicos desencantados por la escasez de oportunidades y el sistema caníbal, las diferencias musicales irreconciliables y la necesidad de destacar rápidamente porque un buen DJ no se da en todos lados y, suscribo, es más cómodo trabajar en soledad.

 

Los DJs reciben críticas debido a una presunta escasez de conocimientos musicales de parte de quienes nunca estuvieron en un grupo de lo que sea. No obstante, resulta curioso advertir que un músico honesto y con capacidades reconoce la necesidad de oído musical y destreza corporal y mental para poder ser un buen DJ o productor de música electrónica. No todo es apretar botones o mover perillas.

 

Por desgracia, a esto se suma la desvalorización de la música electrónica de parte de quien se presume amante del guitarrazo y las power ballads, y principalmente de aquéllos que a pesar de haber tenido una guitarra en sus manos jamás lograron extraerle un sonido coherente.

 

El ser humano civilizado, quiéralo o no, está rodeado de DJs en el transporte público, las fiestas, los bares, los conciertos, la calle, los clubes de strip (yo comencé a mezclar en un club de strip al que le cayó la redada); pero también el DJ (o selector) tiene una gran carga social porque es el responsable de difundir la música que, si nos engancha, escucharemos el resto de nuestras vidas.

 

 

Ahora, al parecer, hay un DJ en cada cuadra y poco a poco, ellos solos, van forjándose una escena a diferencia del circuito subterráneo de rock que se circunscribe a un coto cerrado cuyo pasaporte requiere la amistad de algún iniciado.

 

Inclusive, el DJ ha superado la demanda porque en las fiestas y reuniones se opta por un par de DJs de diferente estilo en lugar de un grupo de rock al que, en todo caso, se le considera como ruido.

 

Por desgracia para las necesidades de escuchar un sonido vanguardista, el efecto Caifanes ha permeado a los grupos que hoy en día se disfrazan de tributo o pretenden tocar música original bajo ese pastiche etiquetado por Saúl Hernández que denota, en la segunda década del siglo XXI, estancamiento creativo, algo que no ves en un DJ o productor. Para que vean que no todo es apretar botones.  

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