De la antiguía a la anticrónica del Vive Latino 2026
- Ping Pong de Rolas
- 20 mar
- 9 Min. de lectura

Pingponeo entre Andrés Araujo (@Andraujo) y Rojo Vega (@Rojo_Vega_).
@pingpongderolas
I
Mucho ha pasado en estos últimos 28 años del festival: en algunos se nos ven más arrugas, más canas y en otros más panza. En unos, la distorsión se ha limitado; otros siguen necios con el mismo setlist. Las alineaciones han crecido y los instrumentos se han estilizado; el mismo espacio que ha recibido al festival también ha cambiado: de un solo escenario giratorio nos hemos mudado a más de uno al aire libre. Hasta otras curvas de este circuito hemos visitado.
De lo social y lo político, de Latinoamérica y del país mejor ni hablamos. También han pasado muchas cosas, muchos cambios, pero enfoquémonos en este 2026, donde hasta las gradas han cambiado y se ven iluminadas por pantallas de led que pasan sin pausa logotipos de marcas y bandas. Un Vive Latino que tiene más activaciones de marcas que bandas descubiertas en los últimos diez años. Hace 26 años era complicado conseguir agua en la plancha del Foro Sol; ahora, el festival ofrece la posibilidad de llenar y rellenar tu botella de forma ilimitada. Antes, apenas lográbamos comer un hotdog y dos que tres tacos de canasta; ahora el Villamelón es lo más cercano a un taco sencillo y hasta hay una tierra de hamburguesas. Antes habitaba el rock; ahora lo hace también el pop, el electro, el trap y la banda: llenan los espacios, cobijan y dan techo a todas y todos. Es así como, en lo musical, muchos hablarán que es el festival de los mismos headliners; el mismo festival que no tiene el tino de poner bandas emergentes nacionales o alternativas a los circuitos mainstreams, y que es el mismo festival que le tira a la nostalgia y usa bandas extranjeras de renombre cuyo punto máximo pasó hace mucho. Y sí: bajo esa categórica línea tienen razón, pero se pierden de algo más importante: el vínculo.
Es ahí donde vemos a los fans más aguerridos llegando temprano, a abrir las puertas y correr por las planchas vacías para escuchar la presentación en festivales masivos de las Margaritas Podridas o atestiguar versiones alternativas de clásicos del evento como Malcriada. Vemos a un ejército veloz acomodarse en vallas y barreras y lanzar camisetas azules para que los de Alcalá Norte tengan un souvenir del evento; los vemos divertirse y brincotear porque los de Kevis y Maykyy ya se pelearon por su derecho a la fiesta… y ganaron. El vínculo hace que un fan corra bajo el sol, sobre una auténtica recta de Fórmula 1, para llegar a ver a Rusowsky en un escenario más ecléctico que la misma mezcla de su música. El vínculo sobrepasa la muerte y llena de cincuentones la cancha del Estadio Palillo para disfrutar el homenaje preciso en el ensamble y a tres voces que la nueva Santa Sabina le hace a Rita -que, sin demeritar a ninguna de las tres, requieren más de seis pies para llenar esos zapatos-. El vínculo hace que muchos fans de Los Viejos dejen sus patinetas fuera del Autódromo y hagan un “drop al infierno” en su mosh pit. El vínculo de los fans que saben que esta puede ser la última presentación de su banda favorita, pero se van a casa pensando cómo van a juntar pesos para verlos en el otoño cuando vuelvan a esta ciudad.
También están los vínculos detonados por la música de los participantes del festival: el de la pareja que se besa en el centro del escenario principal iluminado por la gigantesca pantalla que muestra a Lenny Kravitz cantando I Belong To You. El del clan que se viste de abeja para brincar con Enjambre. El del hijo que lleva a su padre para escuchar Have You Ever Seen The Rain? de la garganta de John Fogerty.
Yo, Rojo, me llevo varios vínculos para reflexionar: el de Trueno con su raíz latinoamericana y el barrio de la Boca, así como su intención de vincularse con más barrios hacia el norte. El de Cypress Hill con su propio humo verde y orgánico, natural, que hace que su show no precise máquinas extras. El vínculo corporal que tiene Illya Kuryaki no sólo con el culo sino con las extremidades que desde el funk nos hacen sudar: desde el Klama Hama hasta el Chaco. El de Tom Morello, con su estilo único e inconfundible en una guitarra que dispara más preciso que un arma semiautomática y que está lista para cualquier manifestación latinoamericana. El del público mexicano con unos Fabulosos Cadillacs que siguen en el mismo disco. Pero, de todos los vínculos, el que más me deja pensando es el de las nuevas generaciones descubriendo y bailando con Insane in the Brain, Abarajame y gritando con Él me mintió. Pienso en el impulso de la juventud para llevarnos a nosotros, la vieja guardia, a escuchar el fraseo y sampleos de Dance Crip; a reírnos con Puños, pulseras y paletas y a darnos chance de seguir escuchando música en vivo desde sus oídos.
Muchas cosas han cambiado: una de ellas, la diferencia entre la música de los padres y la de los hijos. La brecha generacional musical cada vez más difusa. Eso, en este momento de transición, nos permite ver un futuro muy divertido e interesante para el Vive Latino y sus futuros lineups y headliners no sólo eclécticos o dispares, sino unificados. Harán que ya no sólo se compre un boleto y el de la pareja; ahora debería existir el combo familiar.
- Rojo.

II
No vi a nadie que no se supiera La Camisa Negra. He leído año tras año chorrocientas críticas al Vive Latino: que si son las mismas bandas, que si no ha sabido adaptarse a los tiempos -nunca nadie ha sabido establecer qué sería adaptarse y, peor aún, cuáles son los tiempos- o que ha envejecido mal. Si el Vive ha conseguido establecer un compendio de críticas tan previsible es porque, a su vez, ha sabido confeccionar un perfil. Sabemos de qué hablamos cuando hablamos del Vive Latino.
En su momento el festival tomó una decisión que parecía arriesgada: abrir espacio a proyectos que no cabrían en la descripción de banda de rock iberoamericano. Los Tigres del Norte fueron elegidos como cabeza de cartel en el 2014: cerrarían un escenario donde antes se presentarían Calle 13 y La Maldita Vecindad. Residente incluso vio necesario invitar a la gente a quedarse; valen la pena, dijo, como si tuviera que vender el evento. El número, por supuesto, fue apoteósico: el momento menos bueno fue cuando salió Andrés Calamaro, unánimemente vitoreado.
Ahí entendí que lo mejor del Vive Latino es cuando incluye a elementos que, a priori, no cabrían ahí (bueno: quizá podríamos hacer una excepción con Steve Aoki). Este año cerró la Banda Machos. He visto sobre el escenario a la Banda MS, Carín León o Edén Muñoz gestar fiestones que otros nombres rimbombantes y canonizados en los más respetados bares de rock ni siquiera soñaron. El Vive ha hecho de esas presentaciones otro síntoma identitario.
Desconozco dónde ubicaría el público en general a Juanes. ¿Pop? ¿Balada? ¿Rocksito chafa? A mí me fascinó; me fascinó su comunión con el público aún con rola de Morat y numerito de miren cómo me gusta Black Sabbath mediante. Tenía años sin escuchar Mala gente: qué rolón.
Después de Juanes me mudé al escenario principal para Enjambre; volví al Palillo para John Fogerty y me despedí viendo a Lenny Kravitz: en ningún momento volvieron las cotas de gente y fervor que gestó el paisa. Lo juro por los hijos de mis hijos y los hijos de sus hijos.
- Andrés.
III
El Vive Latino de este año fue un reto no sólo para mis rodillas, sino también para mi paciencia y paternidad. Fui con mi hijo adolescente: tenía un itinerario bastante cercano al mío, pero con elementos que brincaban casi tanto como la diferencia de edades. Él quería ver a los Enanitos Verdes; yo a Alcalá Norte. Él quería ver a Trueno; yo al Gran Combo de Puerto Rico. Después de varias charlas y estira y afloja, cederíamos a Trueno y él cedería a Santa Sabina. El festival ofrece espacios donde pueden cohabitar barros y canas: cada vez es más común ver a adultos con sus hijas e hijos, al grado de que el mío se quedó de ver con amistades y su crew se fue haciendo más grande conforme pasaban las horas. Un momento muy interesante fue cuando los jóvenes observaron a sus viejos cantar a todo pulmón Hasta que te conocí, en la versión de Música para Mandar a Volar a cargo del Dr. Shenka, más allá del chiste del numerito, se volvió lo mejor del set al hacer un homenaje absoluto al Divo de Juárez, un personaje que está más cercano al colectivo asistente al festival que el cantante de La chica de humo.
Desde el Corona Capital notamos lo “importantes” que son las activaciones para la juventud: obtienen beneficios gratuitos, objetos de plástico, fotografías y carga de batería para sus teléfonos. El show puede esperar; Instagram, no.
El domingo, el crío decidió ir con su crew a ver a Rusowsky. Yo lo había escuchado días antes y no se acercaba a nada de lo que deseaba escuchar ese día. Se fue con ellos -con adulto responsable mediante- y quedamos de reencontrarnos para ver a Fobia juntos en una especie de cita. Pasó lo que sabíamos que pasaría: lo pasó bomba. Yo me comí una hamburguesa junto a su madre, sentados en la pista: lo pasé bomba también. Lo estaba esperando para ver a una de mis bandas favoritas en este país, cuyo guitarrista me dejó helado una tarde en Eusica mientras ajustaba una de sus fenders; no pude acercarme a saludarlo o pedirle una foto por pura pena. Mi hijo se burlaba de mí. Pasó el tiempo y Fobia comenzó su set. Después de varios mensajes acompañados por la saturación del escenario principal, supimos que el orgullo de mi nepotismo no llegaría; lo vería en otro escenario y con otra banda. Hubiera amado escuchar Dios Bendiga a los Gusanos con él, pero por suerte (o no) no tocaron La Iguana. Esa sí quería escucharla el crío.
Vi una foto que me hizo notar cómo ha cambiado nuestra manera de vivir los conciertos: Paco Huidobro tocando la guitarra y besando a su hija en el escenario principal del Vive Latino. Yo, en el público, esperando a mi hijo, tenía un sentir sobre la banda vinculado a él. Él, el guitarrista, el artista, besaba a su hija; tenía un sentir sobre lo que hacía él y su banda vinculado a su hija. Tanto arriba como abajo del escenario crecimos, tuvimos hijos, nos duelen las rodillas y pensamos en alguien más durante los conciertos. Es precioso que el festival no sólo mute en elementos monetarios, comerciales o de modas, sino que también crezca de manera orgánica, humana, gestando sentires en nosotros y nuestros terceros. Dos corazones laten dentro -y fuera- de nosotros.
Al final no estuvimos juntos en Fobia, pero sí brincamos con la guitarra de Tom Morello nunca había sonreído tanto como en aquel momento en el que vi a mi adolescente gritar fuck you, I won’t do what you tell me.
- Rojo.

IV
No me da pena admitirme como un fanático desbordado. Llegué temprano a la Carpa Little Caesars, donde iba a presentarse Alcalá Norte a eso del cuarto para las cuatro; tan temprano que alcancé a verlos como quien mira a los jugadores de fútbol cuando están todavía empaquetados en la casaca de calentamiento: ya están ahí, ya son ellos, ya bailotean y pelotean sobre la cancha, pero falta algo; no están uniformados; no ha sucedido todavía el colmo de la formalidad: la presentación ante su público. Alcalá Norte estaba ya ahí, en pleno soundcheck: encorvados, serios, dudosos, haciéndole señas incomprensibles al ingeniero de audio que vigilaba todo desde la consola. Me pegué a la valla de metal.
De dónde sacaste la camiseta, me preguntó rápido otro feligrés que ya esperaba. Internet, le respondí. Mercado Libre. Hizo una mueca que interpreté como decepción. Ya decía yo, me contestó: no vi ninguna, siquiera afuera. Hemos endiosado a la vianda pirata, ese oasis irresistible, como una ola capaz de entregar cualquier cosa: desde un diseño con los hermanos Gallagher peleando bajo la forma de dos gatos hasta una camiseta apócrifa de los Pumas con dorsal de Taylor Swift. No hicieron nada de Alcalá Norte. Escuché en mi cabeza, de pronto, el himno de Damas Gratis: no te creas tan importante.
Levanté la cabeza y crucé mirada con Carlos Caballero, guitarrista de Alcalá Norte y dueño de una cabellera plateada que envidiaría Daniela Romo. Me señaló. Expuse la playera cual goleador del Cruz Azul ante la Rebel. Le gritó algo a Rivas, el cantante, que se volvió hacia mí y peló los ojos. Estaba viendo bien: un mexicano utilizando una camiseta de su banda a tantos kilómetros de casa en un festival que contaba con nombres universales como Juanes, Lenny Kravitz o John Fogerty. Vi entonces la oportunidad: lancé la bola de tela que hasta entonces había apretado en el puño: una camiseta del Cruz Azul, circa 1999, con dorsal de Diego Latorre. La recogió y la expuso: algún incauto abucheó. Para ti, le dije. O le grité. O hice algún aspaviento que me pareció que lo dejaba claro.
Rivas saldría con camiseta de Toros Neza, dealer de camisetas con base en la Colonia Roma mediante, y la banda partiría en dos el escenario. No me recuerdo, aún a pesar de haber tenido una juventud abocada a la música en vivo, aferrado a una valla de metal y sonriendo como tarado durante todo un show. Cincuenta minutos de puro guamazo. Qué banda, qué energía, qué goce. Cerraron, como tenía que ser, con La vida cañón, una oda al sentirse pleno, a lo que otorga sentido a la vida, a lo que, entre tropezones, fue enumerando Woody Allen al final de Manhattan como un compendio de razones por las que vale la pena estar vivo. Sombra en Las Ventas, nalga sobre blando. Pequeños detalles. El Vive cañón.
- Andrés.

























