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El viaje de Natalia al centro de nuestro Mexico

El viaje de Natalia Lafourcade al centro de nuestro México no es geográfico: es espiritual. No es una excursión turística hacia el ombligo del mapa, sino una peregrinación hacia el corazón palpitante de una identidad que se resiste a morir entre algoritmos, vitrinas globales y modas importadas.



Cuando Natalia decide mirar hacia adentro —hacia Veracruz, hacia el son jarocho, hacia la madera que cruje bajo los pies en una tarima— está haciendo algo más radical que un simple cambio de estilo. Está cuestionando la narrativa del progreso lineal en la música latina. En lugar de correr hacia la producción desbordada y el beat digital, se detiene. Escucha. Respira. Y en ese silencio reaparece el país profundo.


Discos como Hasta la raíz y, sobre todo, Musas —ese proyecto casi arqueológico junto a Los Macorinos— funcionan como una excavación amorosa. No hay ahí nostalgia vacía, sino una relectura contemporánea del cancionero latinoamericano. Natalia no interpreta esas canciones como piezas de museo; las vuelve a habitar. Las canta como si fueran cartas recién escritas, pero con tinta antigua.


El viaje al “centro” implica también reconciliación. México es un país de fracturas: lo indígena y lo español, lo rural y lo urbano, lo devocional y lo profano. En la voz de Natalia esas tensiones no se anulan, dialogan. Su timbre —delicado pero firme— parece entender que la suavidad no es debilidad, sino resistencia sutil. Hay algo profundamente femenino en su manera de reconstruir la tradición: no impone, entreteje.

Y es que el centro de México no está sólo en la geografía; está en el lamento, en la serenata, en la canción que se canta a media luz. Está en esa melancolía luminosa que heredamos del bolero, en el eco de las plazas coloniales y en la cosmovisión prehispánica que entiende la música como vínculo con lo sagrado. Natalia recoge ese sincretismo —esa mezcla de valores lingüísticos españoles con concepciones divinas ancestrales— y lo vuelve íntimo.


Su viaje es, en el fondo, una respuesta a la pregunta contemporánea: ¿cómo sonar universal sin dejar de ser local? La respuesta de Natalia no es teórica, es orgánica. Mientras otros artistas buscan legitimidad en la colaboración internacional, ella la encuentra en la raíz. Y paradójicamente, al profundizar en lo propio, su música se vuelve más expansiva.



El centro de nuestro México, entonces, no es un punto en el mapa. Es una herida que canta, una memoria que insiste, una identidad que se rehúsa a diluirse. Y en ese trayecto, Natalia no actúa como guía turística, sino como médium: alguien que traduce el murmullo de la tierra en canción contemporánea.


Tal vez por eso su viaje nos toca. Porque no habla sólo de ella. Habla de nosotros: de la necesidad de volver al origen para entender quiénes somos en medio del ruido.



 
 
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