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John McVie: la brújula blues que sostuvo el corazón soft-rock de Fleetwood Mac

En la historia sinuosa de Fleetwood Mac —esa criatura camaleónica que empezó como un rugido de bar británico y terminó convertida en un susurro californiano de terciopelo— hay un hilo secreto que nunca se rompió: el pulso de John McVie. Mientras las guitarras cambiaban de manos y los liderazgos se reconfiguraban como mareas impredecibles, él se mantuvo ahí, plantado en la zona profunda del escenario, tocando el bajo con la sobriedad de quien entiende que el alma del blues no necesita aspavientos, sólo verdad. Y quizá por eso, en plena era del soft-rock setentero, su presencia fue el recordatorio de que incluso los sueños californianos necesitan un cimiento que provenga del fango eléctrico del Delta.


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Porque McVie viene de ahí, de esa tradición. Antes del brillo solar de Rumours, él ya había aprendido que cada nota de blues es una confesión: un gesto sencillo que contiene un universo de heridas, deseos y resignaciones. En la primera encarnación de Fleetwood Mac, cuando Peter Green hilaba sus plegarias de melancolía, el bajo de McVie funcionaba como un péndulo emocional: firme, minimalista, casi hipnótico. Era un latido repetido, un mantra que mantenía la música con un pie en la tierra. Ese latido no desapareció cuando la banda cruzó el Atlántico y se adentró en la suavidad satinada de los setenta; simplemente mutó, se volvió más espacioso, más paciente, pero nunca perdió su espíritu.


En los grandes discos que definieron la etapa californiana —Fleetwood Mac (1975) y Rumours (1977)— McVie no sólo acompañó; actuó como una especie de traductor emocional entre dos mundos. En Dreams, su línea de bajo es la evidencia de que el blues puede volverse etéreo sin dejar de ser profundo. En The Chain, es él quien amarra la tensión interna del grupo: ese mítico break de bajo no es un solo, es una fractura, un crujido del suelo que sostiene la narrativa de una banda desmoronándose y renaciendo al mismo tiempo.

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El soft-rock, tan asociado con la suavidad, con el brillo pulcro de armonías impecables, le debe a McVie su columna vertebral. Él introdujo en esas melodías doradas la noción de que el ritmo debía caminar, no flotar; que la dulzura necesitaba contraste; que la elegancia se construye, paradójicamente, desde la austeridad. En sus manos, el bajo nunca fue un adorno: fue la memoria viva del blues, la sombra que equilibraba la luz solar del sonido Mac.


Y quizá por eso su figura resulta tan decisiva: porque McVie no sólo tocó el blues, lo preservó cuando nadie más parecía prestarle atención dentro del universo sonoro del grupo. Mientras la banda giraba hacia letras confesionales, texturas suaves y emociones de terciopelo, él mantenía una conexión silenciosa con el origen, un recordatorio constante de que toda canción, por más pulida, necesita un nudo de verdad, una raíz que la ancle al mundo.


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John McVie, en su discreción, es el guardián de esa raíz. El músico que llevó al blues de la penumbra londinense al sol dorado de California sin permitir que se evaporara. El corazón paciente que permitió que Fleetwood Mac mutara sin perder su esencia. El pulso que hizo posible que el soft-rock tuviera un alma.





 
 
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