top of page

La sexualidad llevada al delirio: Michael Hutchence

En Michael Hutchence la sexualidad no fue ornamento ni estrategia de mercado: fue lenguaje. Un idioma corporal que se pronunciaba con la cadera, con la mirada insolente, con esa voz grave que parecía nacer no del pecho sino de una grieta más profunda, donde el deseo y la vulnerabilidad se confunden. Hutchence no interpretaba la sensualidad: la habitaba hasta el exceso, hasta el riesgo, hasta el delirio.



En el escenario, su cuerpo funcionaba como manifiesto. No había coreografía en el sentido clásico, sino una fisicidad instintiva, casi chamánica, heredera de Jim Morrison pero despojada de misticismo intelectual y cargada de una urgencia carnal inmediata. Hutchence entendió pronto que el rock, antes que discurso, es fricción: sudor, piel, respiración compartida. En INXS, la música era el andamiaje; él, el incendio.


La sexualidad que proyectaba no era limpia ni complaciente. Había algo felino, peligroso, incluso autodestructivo. No seducía desde la distancia del ídolo inalcanzable, sino desde una cercanía inquietante, como si en cualquier momento pudiera saltar la frontera entre escenario y público. Esa tensión —el “podría tocarte, pero también podría destruirse”— es la que vuelve su erotismo tan poderoso y tan trágico.

Canciones como Need You Tonight o Devil Inside no funcionan solo por su groove impecable, sino porque Hutchence las canta como confesiones nocturnas, dichas al oído, con una mezcla de control y abandono. No hay romanticismo edulcorado: hay pulsión. El sexo, en su imaginario, es un territorio de afirmación vital, pero también un campo de batalla contra el vacío.


Fuera del escenario, esa misma intensidad se volvió arma de doble filo. La figura hipersexualizada que el mundo celebró terminó devorando al hombre. Hutchence encarnó el mito clásico del rock: el cuerpo como templo y como sacrificio. Su vida amorosa, expuesta y comentada hasta el hartazgo, fue leída como espectáculo, cuando en realidad era síntoma: la búsqueda desesperada de conexión en un mundo que consume el deseo pero no sabe sostener la intimidad.


La sexualidad llevada al delirio, en Michael Hutchence, es también una metáfora del fin de una era. La de los frontmen que arriesgaban el alma en cada gesto, que entendían el erotismo como un acto casi político de presencia absoluta. Con él se va una forma de estar en el escenario: peligrosa, magnética, irrepetible.


Hutchence no murió joven solo en términos biográficos. Murió como mueren los símbolos que lo dieron todo: quemados por su propia luz. Y quizá por eso su sensualidad sigue incomodando y fascinando: porque no fue pose, fue destino.



 
 
Productos Rock 101.png
Transmisión en vivoRock 101
00:00 / 01:04

Rock 101 Newsletter

Sé el primero

Genial! Te mantendremos actualizado

© 2025 por Rock101. creado por imandi

  • Instagram Rock101
  • YouTube Rock101
  • Facebook Rock101
  • Twitter Rock101

Media Kit

Anúnciate con nosotros

Contáctanos

bottom of page