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Little Wing, Jimi Hendrix y su exquisita estridencia de psicodelia pura

Hay canciones que parecen escritas en el aire, como si el músico apenas hubiera estirado la mano para atraparlas antes de que regresaran al reino de lo intangible. Little Wing es una de ellas. En ese breve suspiro de menos de dos minutos y medio, Jimi Hendrix condensó un universo: la fragilidad de un alma que se asoma al mundo con timidez y la furia eléctrica de un guitarrista que ya había reinventado el rock antes de cumplir los 25. Toda la pieza vibra con la sensación de que algo luminoso está por desvanecerse, como un cometa que deja un rastro incandescente en la noche.


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La grandeza de Little Wing no está en la estridencia literal, sino en la estridencia emocional: esa psicodelia tan refinada que se expresa sin excesos ni saturaciones, sino con un fraseo líquido, casi conversacional. Hendrix toca como quien respira colores. Cada acorde con cejilla y cada adorno en forma de double-stop es una pincelada impresionista, un gesto íntimo que rompe la frontera entre canción y paisaje. Es el Hendrix que le susurra a la guitarra, no el que la incendia, pero incluso en ese susurro vibra una electricidad capaz de iluminar un cuarto entero.


Little Wing es también la metáfora de su sensibilidad más profunda: un espíritu errante que veía en la música un refugio místico. La letra —esa mujer-ala que llega para calmar tormentas interiores— parece surgida de las visiones nómadas de un joven que vivió más tiempo en carretera que en un hogar fijo. Es el himno de un soñador que, entre giras extenuantes, luces estroboscópicas y noches eternas, hallaba oasis en figuras etéreas: musas que apenas se dejan tocar.

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Pero debajo de la ternura hay un latido de psicodelia pura. La producción de Axis: Bold as Love, con sus reverberaciones infladas y ese glide casi líquido en la mezcla, convierte a Little Wing en una postal nacida de la contracultura de fines de los sesenta. Es una pieza corta, sí, pero respira como un mantra: se expande y se contrae, y deja un eco emocional que dura mucho más que su propia duración.


En el fondo, Little Wing es el recordatorio de que Hendrix podía ser un pintor del detalle tanto como un arquitecto del caos. Su exquisita estridencia aquí no destroza paredes: abre ventanas.


Nos invita a mirar un fragmento de cielo en medio de la tormenta, justo antes de que la visión desaparezca entre las nubes. Y quizá por eso sigue siendo una de sus obras más sublimes: porque es el instante en que el huracán se vuelve poema.



 
 
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