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Jaco Pastorius, el talento interrumpido por la violencia, siempre sin sentido

hace 2 minutos
10 min de lectura

Su historia podría contarse como la de un virtuoso del bajo eléctrico, como la de un hombre que llevó un instrumento concebido fundamentalmente para sostener la arquitectura rítmica hacia territorios melódicos que parecían reservados al piano, al saxofón o a la trompeta. Pero reducirlo a la condición de extraordinario bajista sería una injusticia con la dimensión de su revolución.


Jaco no llegó simplemente a tocar el bajo de otra manera: consiguió que el bajo comenzara a ser escuchado de otra manera.



John Francis Anthony Pastorius III nació el 1 de diciembre de 1951 en Norristown, Pennsylvania, aunque su verdadera formación musical ocurriría en Florida, adonde su familia se trasladó cuando tenía casi ocho años. Curiosamente, el primer instrumento que dominó no fue el bajo, sino la batería. Su padre, Jack Pastorius, era baterista y cantante de big band, y aquella pulsación inicial terminaría acompañándolo durante toda su vida. Una lesión en la muñeca sufrida mientras jugaba fútbol alteró su relación con la batería y abrió el camino hacia el instrumento que terminaría convirtiéndose en su lenguaje.


Pero Jaco tampoco llegó al bajo desde una formación académica convencional.


Aprendió tocando.


Aprendió escuchando.


Aprendió en clubes.


En una entrevista de 1977 explicaría que había aprendido prácticamente todo en los escenarios, tocando largas jornadas nocturnas, hasta ocho sets en una sola noche. Su educación fue la de un músico de carretera: oído, repetición, intuición, supervivencia. Incluso llegó a decir que había aprendido a leer música porque necesitaba hacerlo para conseguir determinados trabajos.



Aquella formación explica buena parte del milagro.


Jaco no parecía interesado en demostrar que conocía las reglas. Parecía interesado en averiguar hasta dónde podían estirarse.


A finales de los sesenta, el contrabajo despertó su interés. Pero Florida tenía otros planes. La humedad terminó dañando aquel instrumento y Jaco acabó utilizando un Fender Jazz Bass de 1962. En algún momento retiró los trastes y encontró allí una sonoridad que parecía unir el contrabajo con la guitarra eléctrica. El instrumento dejó de ofrecerle divisiones exactas y empezó a ofrecerle espacios.



Y Jaco aprendió a habitar esos espacios.


El bajo fretless le permitió deslizarse entre las notas, utilizar armónicos, producir vibratos y construir líneas que podían parecer simultáneamente humanas y eléctricas. No era solamente una cuestión de velocidad. La verdadera revolución estaba en la articulación: Jaco podía hacer que cuatro cuerdas parecieran una voz.


En sus manos, el bajo podía caminar, cantar, llorar, atacar, respirar.


Podía ser sección rítmica y, simultáneamente, instrumento solista.


La escena musical de Florida fue su laboratorio. Allí tocó R&B, funk, soul, música para bailar y jazz; trabajó con bandas locales y aprendió un repertorio enorme. Ese contacto con la música popular fue fundamental porque Jaco nunca aceptó la separación artificial entre el jazz y el resto de la música. James Brown podía enseñarle tanto como Charlie Parker; Herbie Hancock podía convertirse en una influencia junto con el funk. Él mismo mencionó a Hancock y a James Brown entre sus grandes referencias.


Aquella mezcla terminaría siendo esencial para comprender su sonido.


Porque Jaco no quería que el bajo hablara solamente como un instrumento de jazz.


Quería que hablara como la música de su tiempo.


En 1974 y 1975 comenzaron a abrirse las puertas decisivas. Conoció a Pat Metheny y participó en la grabación de Bright Size Life, un disco que se convertiría en uno de los documentos fundamentales de la nueva música instrumental. También comenzó a llamar la atención de Joe Zawinul y Wayne Shorter.


Y entonces apareció Weather Report.


La historia tiene algo de película: Jaco se acercó a Zawinul después de un concierto y se presentó con una seguridad casi insolente como “el mejor bajista del mundo”. Zawinul no quedó inmediatamente convencido. Pero posteriormente recibió material de Jaco y comprendió que detrás de aquella arrogancia existía algo mucho más importante: una posibilidad musical que todavía no había sido plenamente explorada.


Jaco entró en Weather Report en 1976.


Y el jazz fusión cambió de escala.


Su incorporación coincidió con una época en que el jazz estaba intentando escapar de sus propias fronteras. Miles Davis había demostrado que el jazz podía absorber el rock, la electrónica y el funk; Herbie Hancock estaba explorando nuevos lenguajes eléctricos; Weather Report había creado una música en la que el jazz podía encontrarse con el sintetizador, la percusión africana, el funk y la experimentación sonora.



Jaco pertenecía naturalmente a ese mundo.


No porque imitara a Miles Davis, sino porque compartía con aquella generación la necesidad de destruir las fronteras entre géneros.


Y ahí aparece una conexión particularmente interesante con Miles.


Jaco nunca fue integrante de una banda de Miles Davis. Su relación con él fue indirecta, pero la genealogía musical es extraordinariamente cercana: Wayne Shorter había sido pieza fundamental del segundo gran quinteto de Miles; Herbie Hancock había sido su pianista; Tony Williams, otro de sus grandes colaboradores, era también parte del universo que rodeaba a Jaco. El bajista se encontraba, por tanto, dentro de una constelación musical nacida alrededor de Miles, aunque desarrollara su propia revolución.


Y Jaco admiraba especialmente a Herbie Hancock. No es casualidad que Hancock apareciera en su primer álbum solista y que ambos coincidieran en distintas grabaciones y escenarios. En 1976, Hancock incluso invitó a Jaco a realizar una gira durante un par de meses. Más tarde, Jaco sería quien llamaría a Hancock para invitarlo a participar en Mingus, el proyecto de Joni Mitchell dedicado a Charles Mingus.


Era un mundo extraordinariamente pequeño.


Los mismos músicos aparecían en distintos proyectos, cruzaban fronteras y construían una nueva música sin preocuparse demasiado por las categorías comerciales.


Jaco era uno de sus catalizadores.


Y entonces llegó Jaco Pastorius.


Publicado en 1976, el álbum parecía una declaración de principios. Allí estaban el funk, el R&B, el jazz, la improvisación, la melodía y una nueva concepción del bajo como instrumento protagonista. “Portrait of Tracy”, con su utilización extraordinaria de armónicos, parecía casi una pieza imposible: el bajo podía sonar como campanas, como cuerdas, como una voz suspendida en el aire. En “Come On, Come Over”, con Sam & Dave, el instrumento recuperaba su cuerpo funk. Jaco podía pasar de la intimidad a la celebración sin perder identidad.


Pero lo verdaderamente extraordinario estaba en que todo aquello sonaba natural.


Jaco no parecía estar demostrando las posibilidades del bajo.


Parecía simplemente estar tocando música.


Y esa diferencia es enorme.


Poco después llegaría Heavy Weather, el disco que convertiría a Weather Report en un fenómeno internacional. Publicado en 1977, contenía “Birdland”, “A Remark You Made”, “Teen Town” y “Havona”, y Jaco participó como bajista y coproductor. El álbum se convirtió en el gran punto de inflexión comercial de Weather Report y abrió la música de la banda a públicos mucho más amplios.


“Teen Town” quizá sea la demostración más evidente de aquella nueva filosofía.


El bajo ya no acompañaba.


El bajo conducía.


Jaco había convertido las cuatro cuerdas en una especie de motor melódico de alta velocidad, pero nunca era velocidad por velocidad. Había arquitectura detrás. Había armonía. Había composición.


Y en “A Remark You Made” ocurría exactamente lo contrario: el instrumento parecía detener el tiempo.


Ese contraste explica mejor a Jaco que cualquier virtuosismo.


Podía ser furia y podía ser silencio.


Podía ser máquina y podía ser respiración.


Podía tocar como si tuviera fuego en las manos y, unos minutos después, hacer que una sola nota pareciera contener toda una historia.


Su colaboración con Joni Mitchell llevaría esa concepción todavía más lejos. En Hejira, Jaco encontró una compositora que entendía el jazz no como un género cerrado sino como una manera de respirar dentro de una canción. Sus líneas de bajo no se limitan a acompañar las voces de Mitchell: dialogan con ellas, las contradicen, las siguen y en ocasiones parecen anticiparlas. El bajo se convierte en narrador.


Eso era Jaco.


Un narrador que hablaba con cuatro cuerdas.


Durante esos años, su nombre creció hasta convertirse en una referencia absoluta. Pero también comenzaron a aparecer las grietas.


La historia de Jaco suele contarse retrospectivamente como si la genialidad y la destrucción hubieran sido inseparables. Esa lectura es tentadora y, al mismo tiempo, profundamente injusta. Jaco no necesitaba sus problemas personales para ser extraordinario. Su música no fue producida por la enfermedad ni por las drogas. Y su deterioro no debería convertirse en una explicación romántica de su creatividad.


En algún momento, aquella vida comenzó a desorganizarse.


El alcohol y la cocaína entraron cada vez más en escena. Su comportamiento se volvió errático. Sus relaciones personales comenzaron a deteriorarse. Sus actuaciones podían ser brillantes y, en otras ocasiones, caóticas. Para comienzos de los años ochenta, su relación con Weather Report había terminado y su proyecto Word of Mouth intentaba construir una nueva plataforma para su música.


Pero el hombre que había llegado a los escenarios con la arrogancia de quien sabía exactamente lo que podía hacer estaba perdiendo el control de su propia vida.


Y ahí aparece una de las paradojas más dolorosas de la historia del jazz.


Mientras Jaco se alejaba progresivamente de los grandes escenarios, su influencia no dejaba de crecer.


Los músicos seguían estudiándolo.


Los bajistas seguían copiando sus líneas.


Los productores seguían descubriendo nuevas posibilidades en sus grabaciones.


El instrumento que él había revolucionado seguía avanzando mientras su propia vida retrocedía.


En los años finales, Jaco llegó a vivir en condiciones de extrema precariedad. La prensa de la época describió escenas que hoy resultan difíciles de imaginar: uno de los músicos más influyentes del jazz moderno viviendo en parques y dependiendo de pequeñas cantidades de dinero. SPIN, al recuperar en 2019 su perfil de 1987, recordó precisamente esa transformación brutal del hombre que había pasado de ser una estrella internacional a vivir en la calle.


Es importante detenerse aquí.


Porque esta no es simplemente una historia sobre “un genio que se volvió loco”.


Esa frase sería demasiado fácil.


Jaco era una persona vulnerable que atravesó problemas graves de salud mental y consumo de sustancias, y su historia también muestra las limitaciones de los entornos que lo rodeaban para protegerlo. La propia documentación contemporánea describe tratamientos y diagnósticos, pero convertir retrospectivamente todo aquello en una explicación definitiva de su comportamiento sería simplificar una vida mucho más compleja.


La tragedia definitiva ocurrió en septiembre de 1987.


Jaco tenía 35 años.


El 11 de septiembre, después de una serie de acontecimientos que lo llevaron hasta un club nocturno de Fort Lauderdale, se produjo una confrontación con Luc Havan, empleado de seguridad del establecimiento. Pastorius sufrió lesiones gravísimas durante la agresión y quedó en coma. Murió diez días después, el 21 de septiembre, en Broward General Medical Center.

No hay una manera elegante de decirlo.


Lo golpearon.


Y murió.


La violencia había interrumpido una vida que musicalmente todavía estaba abierta.


Y quizá lo más perturbador sea precisamente la ausencia de sentido.


No existe una explicación musical para aquella muerte.


No forma parte de una obra.


No fue una consecuencia inevitable de haber elegido el jazz.


No fue una condición necesaria de su genialidad.


No fue una escena romántica perteneciente a la mitología del músico maldito.


Fue violencia.


Y la violencia, cuando termina con una vida de esa manera, no tiene poesía.


Durante demasiado tiempo la cultura popular ha convertido las muertes prematuras de los artistas en una especie de liturgia. El músico brillante, la vida desordenada, el exceso, la caída, la muerte temprana: todos los elementos parecen diseñados para construir una leyenda.


Pero Jaco no necesitaba convertirse en leyenda.


Ya había cambiado la música.


Podía haber grabado nuevos discos.


Podía haber trabajado con otros músicos.


Podía haber enseñado.


Podía haberse reconciliado con partes de su vida.


Podía haber envejecido.


Podía, simplemente, haber vivido.


Y esa última posibilidad es la que más duele.


Porque Jaco no murió cuando su música había llegado a su conclusión natural.


Murió cuando todavía parecía tener demasiadas cosas por decir.


Su talento fue interrumpido, no concluido.


Hay una diferencia enorme entre ambas palabras.


Una obra concluida pertenece al tiempo.


Una obra interrumpida conserva una pregunta.


Por eso resulta tan significativo que, años después de la muerte de Jaco, Miles Davis apareciera indirectamente en su memoria. En 1986, Marcus Miller compuso “Mr. Pastorius” y posteriormente la grabó con Miles; Miller ha contado que preguntó a Davis si estaba de acuerdo con dedicarle la pieza a Jaco, y Miles respondió afirmativamente.


Era una especie de reconocimiento desde otra generación.


Miles había ayudado a demostrar que el jazz podía romper sus propias reglas.


Jaco había demostrado que incluso el instrumento más aparentemente destinado al acompañamiento podía convertirse en una voz protagonista.


Dos revoluciones diferentes, unidas por una misma idea: la música no tiene por qué obedecer las fronteras que heredó.


Quizá por eso Jaco sigue siendo tan difícil de colocar dentro de una categoría.


¿Jazzista?


Sí.


¿Músico de funk?


También.


¿Compositor?


Indudablemente.


¿Virtuoso?


Sin discusión.


¿Innovador?


Mucho más que eso.


Jaco fue una transformación.


Después de él, el bajo eléctrico ya no podía ser escuchado exactamente de la misma manera. Marcus Miller, Victor Wooten, John Patitucci y generaciones enteras de bajistas encontraron un territorio que él había contribuido decisivamente a abrir.


Pero el verdadero legado de Jaco no está solamente en los bajistas que aprendieron sus escalas, sus armónicos o sus líneas.


Está en la libertad.


En haber demostrado que un instrumento no está obligado a permanecer dentro del papel que otros le asignaron.


En haber entendido que la técnica solamente tiene sentido cuando se convierte en lenguaje.


En haber llevado al bajo desde el fondo de la banda hasta el centro de la conversación.


Y en haberlo hecho sin dejar de escuchar el ritmo.


Porque Jaco jamás dejó de ser bajista.


Precisamente ahí estaba su genialidad.


No abandonó el territorio del ritmo para convertirse en solista.


Transformó el ritmo en melodía.


Y convirtió la melodía en una forma de respirar.


Quizá por eso, cuando se escucha hoy “Continuum”, “Teen Town”, “Portrait of Tracy” o “A Remark You Made”, resulta difícil pensar solamente en un músico muerto a los 35 años. Lo que aparece es algo mucho más extraño: un músico que todavía parece estar llegando.


Sus notas no suenan antiguas.


No tienen la textura de un documento arqueológico.


Continúan avanzando.


Continúan buscando.


Continúan preguntando.


Como si aquel bajo sin trastes hubiera quedado suspendido en el tiempo, sin llegar nunca a encontrar la última nota.


Y tal vez esa sea la imagen definitiva de Jaco Pastorius.


No la del genio destruido.


No la del hombre convertido en leyenda por su tragedia.


Sino la de un músico que abrió una puerta y murió antes de descubrir hasta dónde podía llevarlo el camino.


La violencia terminó con Jaco Pastorius.


Pero no pudo terminar aquello que había comenzado.


Porque cuando un músico consigue modificar para siempre la manera en que escuchamos un instrumento, su vida puede detenerse, pero su sonido ya pertenece a todos los que vienen después.


Jaco murió el 21 de septiembre de 1987.


Tenía 35 años.


Hoy, cuando su bajo vuelve a sonar, parece imposible creer que hayan pasado tantos años.


Quizá porque algunas músicas no envejecen.


Quizá porque algunas revoluciones tampoco.


O quizá porque hay talentos cuya verdadera tragedia no consiste en haber terminado demasiado pronto, sino en hacernos imaginar todo aquello que todavía podían haber creado.


Jaco Pastorius no tuvo tiempo para responder esa pregunta.


La dejó suspendida en cuatro cuerdas.


Y todavía estamos escuchando.



 
 
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