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La batería excepcional de Phil Collins, celebrando 75 años de calidad

Hablar de Phil Collins baterista es desmontar, con paciencia casi arqueológica, el prejuicio que el éxito pop suele imponer sobre la técnica. Antes de la voz reconocible, antes del crooner de estadios, hubo un músico sentado detrás del kit que entendía la batería no como un instrumento de acompañamiento, sino como un lenguaje narrativo. Collins no tocaba el tiempo: lo contaba.



Formado en la escuela progresiva —ese laboratorio donde Genesis estiraba las formas del rock hasta volverlas barrocas—, su batería se volvió una extensión dramática del relato. Cada redoble tenía intención, cada acento parecía subrayar una palabra invisible. A diferencia del baterista virtuoso que exhibe velocidad, Collins apostó por la claridad emocional: golpes precisos, fraseos reconocibles, silencios elocuentes. La técnica estaba ahí, pero nunca pedía aplausos; servía a la canción.


El momento decisivo llegó cuando el estudio se convirtió en instrumento. El famoso gated reverb de “In the Air Tonight” no es solo un efecto: es un manifiesto estético. Ese golpe seco, monumental, que irrumpe como una verdad largamente contenida, redefinió la relación entre batería y espacio. Collins entendió que el sonido podía ser arquitectónico, que un tom bien colocado podía construir una catedral de tensión emocional. Desde entonces, la batería dejó de ser fondo rítmico para ocupar el centro del imaginario popular de los años ochenta.


Pero reducir su grandeza a ese instante sería injusto. En canciones como “Against All Odds”, “Mama” o “No Son of Mine”, su manera de tocar demuestra una madurez poco común: grooves sobrios, casi austeros, donde cada golpe está al servicio del clima. Collins domina el arte del menos es más con una elegancia que remite al soul y al jazz tanto como al rock. Sabe cuándo empujar y cuándo retirarse, cuándo el pulso debe latir y cuándo simplemente respirar.


A los 75 años, su legado como baterista resiste cualquier intento de encasillamiento. Fue progresivo sin ser hermético, pop sin ser superficial, técnico sin ser frío. Su batería enseñó a generaciones que la emoción también se aprende, que el groove puede ser una forma de empatía. Phil Collins no revolucionó la batería por tocar más fuerte o más rápido, sino por tocar mejor: con intención, con oído, con humanidad.


Celebrarlo hoy es recordar que, en el centro del ruido, siempre hubo un músico que entendió que un solo golpe —si es el correcto— puede decirlo todo.



 
 
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