La peligrosa frontera entre psicodelia y locura, Syd Barrett y el origen de Pink Floyd
- Desde la edición
- hace 33 minutos
- 3 Min. de lectura
Hay artistas que no fundan una banda: inauguran un territorio mental. Syd Barrett fue uno de ellos. Antes de que Pink Floyd se convirtiera en sinónimo de grandilocuencia sonora, arquitectura conceptual y estadios llenos, fue la emanación frágil y brillante de un muchacho de Cambridge que parecía escuchar voces donde otros apenas oían acordes. Con Barrett, la psicodelia no fue un estilo sino un estado de conciencia, y esa es precisamente la razón por la que su historia resulta tan incómoda: porque la frontera entre la expansión creativa y la disolución personal nunca estuvo claramente trazada.

En el Londres de mediados de los sesenta, la psicodelia prometía una ampliación del mundo. No se trataba solo de drogas, sino de una reeducación de la percepción: colores que sonaban, canciones que se comportaban como cuentos infantiles torcidos, guitarras que no acompañaban sino que narraban. Syd Barrett encajó ahí de manera natural, como si siempre hubiera estado esperando ese momento histórico para manifestarse. Su imaginación bebía tanto de Lewis Carroll como del blues eléctrico, de la pintura abstracta como del pop más ingenuo. Arnold Layne, See Emily Play o Bike no son simples canciones: son pequeñas grietas por donde se cuela una lógica paralela, una realidad donde lo absurdo es profundamente coherente.

The Piper at the Gates of Dawn (1967) no solo es el acta de nacimiento de Pink Floyd: es uno de los documentos más puros de la psicodelia británica. Grabado mientras los Beatles experimentaban con Sgt. Pepper, el álbum de Barrett no busca el consenso ni la sofisticación orquestal; apuesta por el juego, la improvisación, el riesgo. Las guitarras de Syd se retuercen, desafinan, se expanden como si no obedecieran a la física conocida. Su voz, a veces infantil y a veces inquietante, parece venir de alguien que observa el mundo desde un ángulo ligeramente desplazado. Ahí está el encanto… y la advertencia.
Porque lo que para el oyente era una invitación al asombro, para Syd comenzó a convertirse en un laberinto sin salida. El uso intensivo de LSD —en una mente ya particularmente sensible— no amplificó únicamente la creatividad, sino también la fragilidad. Poco a poco, el genio errático se volvió impredecible: canciones inconclusas, silencios prolongados en el escenario, miradas perdidas mientras el resto de la banda seguía tocando. La psicodelia, que prometía libertad, empezó a exigir un precio demasiado alto.
Pink Floyd quedó entonces suspendido en una paradoja cruel: su líder creativo era, al mismo tiempo, su mayor riesgo. Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason entendieron que la banda no podía sobrevivir si Syd seguía al timón. La incorporación de David Gilmour fue un intento piadoso de transición; la salida de Barrett, un acto de supervivencia. No hubo grandes despedidas ni dramatismos públicos: simplemente, un día dejaron de pasar por él para ir a los ensayos. Así de silenciosa puede ser la expulsión de un mito en gestación.
La ironía es conocida y devastadora: la ausencia de Syd Barrett se convirtió en el gran tema de Pink Floyd. Shine On You Crazy Diamond no es solo un homenaje; es un lamento, una confesión de culpa, una elegía a la inocencia perdida. Barrett pasó de ser el motor creativo a convertirse en el fantasma que recorría la obra del grupo. Su locura —o, mejor dicho, su quiebre— se volvió el espejo donde la banda miró los peligros del aislamiento, la fama y la desconexión mental que se articularían en The Dark Side of the Moon y Wish You Were Here.
Syd Barrett, ya lejos de los escenarios, regresó a Cambridge y se refugió en el anonimato, la pintura y el silencio. Grabó dos discos solistas tan bellos como inquietantes, documentos de una mente que todavía brillaba, pero de forma intermitente, como una bombilla a punto de fundirse. Su figura quedó congelada en el tiempo: eternamente joven, eternamente incomprendido, eternamente al borde.

Hablar de Syd Barrett es hablar de la peligrosa seducción de la psicodelia: esa promesa de ver más allá que, sin red de contención, puede convertirse en caída libre. Pink Floyd nació de su imaginación, pero creció alrededor de su ausencia. Y en esa tensión —entre el genio que abre la puerta y la banda que aprende a vivir sin él— se escribe una de las historias más tristes y fascinantes del rock.
Syd no fue solo el origen de Pink Floyd. Fue la prueba de que, a veces, mirar demasiado profundo en el espejo psicodélico no revela nuevas verdades, sino la fragilidad extrema de quien se atreve a hacerlo.

























