“One”… la herida luminosa de U2
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Febrero de 1992. El mundo parecía haber despertado de una larga resaca ideológica: el Muro había caído, las certezas binarias se diluían y el optimismo neoliberal se vestía de modernidad tecnológica. En ese paisaje ambiguo, “One” emergió como una plegaria fracturada, un acto de contrición eléctrica dentro del universo mutante de Achtung Baby.

La canción nació en Berlín, en los estudios Hansa, mientras la banda se desmoronaba creativamente. Las tensiones internas —estéticas, personales, casi existenciales— amenazaban con convertir a U2 en una reliquia de los ochenta. Fue entonces cuando una progresión de acordes, sencilla pero inevitable, comenzó a ordenar el caos. “One” no salvó solo un disco; salvó a la banda de sí misma.
Desde los primeros compases, la guitarra de The Edge abandona la épica cristalina de The Joshua Tree y adopta un tono más crudo, casi desnudo. Es una confesión sin adornos. El bajo de Adam Clayton sostiene el pulso con gravedad contenida, mientras la batería de Larry Mullen Jr. respira más que golpea. Y sobre ese lienzo, la voz de Bono se quiebra con una fragilidad inédita.
“Is it getting better / Or do you feel the same?”
La pregunta no es retórica. Es íntima y política a la vez. Porque “One” habla de la imposibilidad de la unidad cuando el dolor no se comparte, cuando el amor no alcanza para suturar las fisuras. La palabra “uno” deja de ser consigna y se convierte en interrogante. No es el uno triunfal de la masa homogénea; es el uno vulnerable de quienes, pese a todo, siguen intentando permanecer juntos.

Paradójicamente, la canción fue adoptada como himno de solidaridad —y lo es—, pero su núcleo es más incómodo. “We’re one, but we’re not the same.” Esa línea resume la tensión esencial de la modernidad tardía: la aspiración comunitaria frente a la irreductible diferencia individual. En 1992, cuando Europa intentaba redefinirse y América celebraba el fin de la Guerra Fría, U2 ofrecía una verdad menos complaciente: la unidad no es fusión; es convivencia conflictiva.
El videoclip, dirigido por Anton Corbijn, en blanco y negro severo, acentuó esa estética de duelo elegante. Nada de colores saturados ni de ironía pop —eso quedaría para la gira Zoo TV—. Aquí había solemnidad, introspección, casi liturgia.
Y sin embargo, “One” no es desesperanza. Es resistencia emocional. Es aceptar que el amor —sea de pareja, de amistad o de banda— no elimina las diferencias, pero puede sostenerlas sin que se destruyan mutuamente. En ese sentido, la canción funciona como metáfora de la propia historia de U2: cuatro individualidades fuertes aprendiendo a coexistir sin diluirse.

En febrero de 1992, mientras el mundo buscaba nuevos mapas, “One” ofreció algo más difícil que una respuesta: ofreció una pregunta honesta. Y tal vez por eso perdura. Porque en su aparente sencillez armónica late una complejidad moral que no envejece.
No es el himno del consenso.
Es la balada de la tensión compartida.
La herida que, al exponerse, se vuelve luz




























