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Soul Mining: la obra maestra de Matt Johnson y el misterio de llamarse The The

hace 5 minutos
8 min de lectura

Hay nombres que parecen un error de imprenta, una broma privada o una provocación lanzada contra la solemnidad de la industria musical. The The pertenece a esa categoría. ¿The The? ¿El El? ¿La La? El nombre parece negarse a cumplir con la primera obligación de cualquier banda: facilitar que la recuerden. Pero detrás de esa aparente redundancia se esconde Matt Johnson, un músico que convirtió la extrañeza en identidad y la inconformidad en una forma de expresión artística. En 1983, con Soul Mining, Johnson no solamente encontró la voz definitiva de su proyecto: construyó uno de esos discos que parecen haber sido concebidos para describir las contradicciones de una época que todavía no sabía cómo nombrarlas.



Porque Soul Mining no es un álbum que se limite a sonar. Es un disco que observa, cuestiona, se inquieta y, sobre todo, escarba. Su título —algo así como la minería del alma, la extracción de aquello que permanece oculto bajo las capas de la conciencia— contiene una declaración estética y existencial. Matt Johnson no está interesado en la superficie brillante del pop ni en la comodidad de las canciones que ofrecen respuestas fáciles. Su territorio es otro: el de las obsesiones, las fracturas emocionales, la soledad urbana y esa extraña sensación de estar vivos en un mundo que parece avanzar sin preguntarnos si queremos acompañarlo.


La Inglaterra de principios de los ochenta ofrecía un escenario particularmente fértil para semejante exploración. El punk había dinamitado las convenciones del rock, pero sus escombros comenzaban a transformarse en nuevas arquitecturas sonoras. El post-punk, la electrónica y el naciente synth-pop proponían otras maneras de entender la canción popular: menos interesadas en la destreza instrumental como exhibición y más dispuestas a utilizar el estudio como un laboratorio de ideas. En ese paisaje, Matt Johnson encontró un territorio propio, lejos de las fórmulas previsibles y de la necesidad de pertenecer a una escena determinada. Soul Mining, publicado el 21 de octubre de 1983, fue el resultado de esa búsqueda, una obra en la que el compositor británico asumió el control de su universo creativo y reunió músicos de procedencias diversas para construir un sonido cinematográfico, expansivo y profundamente personal.


Lo interesante es que The The, a pesar de su nombre deliberadamente absurdo, nunca fue una banda convencional en el sentido estricto. Fue, ante todo, el vehículo creativo de Johnson, un proyecto cuya identidad podía modificarse alrededor de una voluntad autoral muy definida. No necesitaba una alineación permanente para sostener una personalidad musical reconocible; necesitaba canciones capaces de soportar el peso de sus propias preguntas. De ahí que en Soul Mining convivan la precisión electrónica, los ritmos percusivos, el piano, los arreglos de cuerdas y una sensibilidad melódica que, lejos de suavizar la inquietud, la vuelve todavía más palpable.



El álbum abre con I've Been Waitin' for Tomorrow (All of My Life), una descarga rítmica que parece perseguir al futuro antes de que este consiga escapar. Hay ansiedad, impaciencia y una crítica a la saturación informativa que ya comenzaba a definir la vida moderna. Johnson canta desde esa condición contradictoria del individuo que espera que algo cambie, mientras permanece atrapado en los hábitos que impiden la transformación. La ironía es formidable: llevamos toda la vida esperando el mañana, pero cuando finalmente llega, lo recibimos cargando las mismas frustraciones de ayer. La canción tiene algo de manifiesto generacional, aunque su verdadero alcance es más amplio. Habla de esa enfermedad persistente de la conciencia contemporánea: aplazar la vida mientras imaginamos que en algún momento comenzará la verdadera.


Entonces aparece This Is the Day, y el paisaje se transforma.


Su melodía posee una luminosidad casi engañosa. El acordeón, los arreglos y la cadencia de la canción construyen una atmósfera que parece celebrar la posibilidad de empezar de nuevo. Es uno de esos momentos en los que el pop consigue expresar una esperanza que la razón difícilmente podría defender. La canción no necesita proclamar que el mundo ha cambiado; le basta con sugerir que nosotros podemos mirarlo de otra manera. Pero esa esperanza no es ingenua. En el contexto del álbum, la luz de This Is the Day no elimina la oscuridad: nace de ella. Es la pequeña victoria de quien, después de haber comprendido sus propios errores, descubre que todavía existe la posibilidad de abrir una puerta.


Quizá por eso la canción permanece. No porque prometa una felicidad definitiva, sino porque captura ese instante extraordinario en el que el pasado pierde, aunque sea por unos minutos, su capacidad de gobernarnos.


En The Sinking Feeling, en cambio, Johnson nos conduce hacia el descenso. La sensación de hundimiento que anuncia el título se convierte en una metáfora de la alienación, de ese momento en que la vida cotidiana comienza a parecer una estructura ajena, un mecanismo que seguimos alimentando sin saber muy bien para qué. Aquí la música no necesita recurrir al dramatismo excesivo. Su eficacia reside precisamente en la contención, en la manera de construir una inquietud que no explota, sino que se instala. El individuo no siempre se derrumba con estrépito; a veces simplemente descubre que ha dejado de sentirse parte de su propia existencia.



Y entonces llega Uncertain Smile, una de las grandes piezas de la historia del pop británico de aquella década.


La canción avanza como una conversación que no termina de encontrar las palabras adecuadas. La voz de Johnson transmite vulnerabilidad sin caer en la autocompasión, mientras la instrumentación sostiene una tensión emocional que parece suspendida entre la confesión y el silencio. Pero es el piano de Jools Holland el que termina por abrir una grieta en la estructura de la canción. Su intervención, particularmente en la versión del álbum, abandona cualquier intención de mero acompañamiento y se convierte en una irrupción virtuosa, una especie de corriente eléctrica que atraviesa la pieza y la transforma.


El piano de Holland tiene algo de liberación. Allí donde las palabras de Johnson sugieren incertidumbre, el instrumento responde con una energía que parece haber estado contenida durante toda la canción. No resuelve el conflicto emocional; lo expande. La música consigue decir aquello que el lenguaje apenas alcanza a insinuar.


Es una de las virtudes fundamentales de Soul Mining: comprender que una canción no necesita explicar sus sentimientos para hacerlos inteligibles. A veces basta con permitir que un instrumento encuentre el lugar exacto donde las palabras dejan de ser suficientes.



La segunda mitad del álbum profundiza en esa exploración. The Twilight Hour parece habitar el espacio ambiguo entre el día y la noche, entre aquello que todavía podemos reconocer y lo que comienza a desdibujarse. Es una música de umbrales, de identidades que vacilan y certezas que pierden consistencia. Johnson parece entender que la existencia rara vez se organiza en oposiciones limpias: no somos completamente felices ni definitivamente desgraciados; no vivimos siempre en la luz ni permanecemos para siempre en la oscuridad. La experiencia humana sucede, casi siempre, en esa zona intermedia donde las emociones se contradicen y la conciencia intenta encontrar algún orden.


La canción que da título al disco lleva esa búsqueda a su centro conceptual. Soul Mining es una metáfora del trabajo interior, pero no de ese trabajo sentimental convertido en consigna motivacional, sino de una excavación mucho más incómoda. Buscar dentro de uno mismo significa enfrentarse a aquello que preferiríamos mantener oculto: las contradicciones, los deseos inconfesables, las frustraciones acumuladas y las pequeñas mentiras con las que hacemos soportable la vida cotidiana.



Johnson convierte esa operación en música. Los ritmos y las texturas parecen avanzar hacia un lugar que nunca termina de revelarse por completo. Hay algo casi ritual en la composición, como si la repetición sonora fuera una herramienta para alcanzar las capas más profundas de la conciencia. No se trata de encontrar un tesoro escondido, sino de aceptar que, en ocasiones, lo que descubrimos al excavar no es necesariamente hermoso.


Y quizá allí resida la honestidad del álbum: en reconocer que el autoconocimiento no siempre conduce a la paz. A veces solo nos vuelve más conscientes de nuestras propias limitaciones.


El recorrido desemboca en Giant, una composición expansiva que lleva el universo de The The hacia una dimensión hipnótica. Sus percusiones, sus capas sonoras y su desarrollo prolongado crean una experiencia que parece escapar de la estructura convencional de la canción pop. La repetición deja de ser un recurso de acompañamiento y se convierte en una forma de trance, una maquinaria rítmica que avanza mientras los sonidos se acumulan, se transforman y abren nuevas posibilidades.


No es casual que el álbum termine con una pieza de semejante amplitud. Después de haber atravesado la impaciencia, la esperanza, la alienación, la incertidumbre y la introspección, Giant parece abandonar la necesidad de ofrecer una conclusión narrativa. En lugar de cerrar el círculo, lo extiende. La música se convierte en espacio, y ese espacio permite imaginar que la conciencia individual puede trascender, aunque sea momentáneamente, los límites de su propia angustia.


Lo que hace de Soul Mining una obra tan singular es su capacidad para habitar las contradicciones de los años ochenta sin quedar prisionera de ellas. El álbum contiene la modernidad electrónica de su tiempo, pero también una sensibilidad casi literaria, una preocupación por el individuo que lo acerca a la tradición del cantautor y una voluntad experimental que impide reducirlo a las etiquetas de synth-pop o post-punk. Matt Johnson entendió que la tecnología no tenía por qué deshumanizar la música. Los sintetizadores, las percusiones y las posibilidades del estudio podían servir para expresar emociones tan antiguas como el miedo, el deseo, la soledad o la esperanza.


En ese sentido, Soul Mining anticipa una de las grandes paradojas de la cultura contemporánea: cuanto más sofisticadas se vuelven nuestras herramientas para comunicarnos, más urgente resulta encontrar una voz propia. El disco está lleno de sonidos modernos, pero su asunto central es la vieja pregunta sobre quiénes somos cuando desaparecen las certezas que nos permiten reconocernos.


Y entonces regresamos al nombre.


The The. El El. La La. Una repetición que parece no conducir a ninguna parte, como si Matt Johnson hubiera decidido convertir la gramática en una broma y, de paso, recordarnos que no siempre es necesario explicar aquello que nos identifica. El nombre no describe una personalidad; la esconde. No ofrece una definición; propone un enigma. Y quizá por eso resulta tan apropiado para un proyecto cuyo álbum más importante invita precisamente a excavar debajo de las apariencias.


Porque Soul Mining es, en última instancia, el retrato de un hombre que convirtió sus contradicciones en materia artística. Matt Johnson no necesitó construir una banda de identidad inmutable ni adoptar una personalidad pública diseñada para el consumo masivo. Le bastó con levantar un universo musical en el que cada canción pudiera explorar una región distinta de la experiencia humana.


Más de cuatro décadas después de su publicación, el álbum conserva una cualidad que muchos discos de su generación perdieron al quedar asociados exclusivamente con la estética de su época: sigue sonando como una conversación con el presente. Su crítica a la saturación informativa, su inquietud ante la vida automatizada y su insistencia en la búsqueda interior no han perdido vigencia. Si acaso, parecen haberse vuelto todavía más urgentes en una sociedad que ofrece innumerables formas de distraernos de nosotros mismos.


Al final, la verdadera extravagancia de Matt Johnson no fue llamar The The a su proyecto. Fue atreverse a convertir la introspección, la incertidumbre y el malestar en una obra de pop capaz de ser, al mismo tiempo, experimental, accesible y profundamente humana.


Y es que quizá todos terminamos haciendo lo mismo, aunque no sepamos cómo llamarlo: excavar en nuestra propia alma, buscando algo que nos explique, una melodía que ordene el ruido, una respuesta que justifique el tiempo perdido.


Algunos encuentran una religión. Otros, una ideología. Matt Johnson encontró siete canciones.


Y las llamó Soul Mining.



 
 
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