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Young Americans, el encanto del sonido Filadelfia en la creacion Bowie

Cuando David Bowie llegó a mediados de los años setenta a Estados Unidos, llevaba consigo una intuición estética muy particular: la de absorber un lenguaje musical ajeno y transformarlo en una extensión de su propio universo artístico. Así nació Young Americans (1975), un disco que representa quizá la más fascinante apropiación británica del llamado sonido Filadelfia, una corriente que definió la elegancia del soul urbano de la década.



El Philadelphia soul, desarrollado principalmente por los productores Kenneth Gamble y Leon Huff en torno al sello Philadelphia International Records, se distinguía por un refinamiento casi arquitectónico:

cuerdas exuberantes, secciones de metales disciplinadas, líneas de bajo profundas y un groove que parecía deslizarse con naturalidad entre el gospel, el funk y el pop.


En artistas como The O’Jays, Harold Melvin & the Blue Notes o Billy Paul, este sonido construyó una sofisticación negra profundamente urbana: música bailable pero también social, elegante pero cargada de tensión espiritual.


Bowie quedó hipnotizado por esa textura.


El músico británico decidió entonces grabar en Estados Unidos con músicos profundamente ligados al soul. El resultado fue lo que él mismo llamó, con cierta ironía británica, “plastic soul”: un soul reinterpretado por un extranjero fascinado.


En canciones como Young Americans, Fame o Win, Bowie abandona la teatralidad glam que había marcado discos como The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars para sumergirse en un territorio más sensual y terrenal.


La voz ya no es la del alienígena rockero; es una voz que intenta aprender el fraseo del soul, rodeada de coros gospel y arreglos de cuerda que respiran el espíritu de Filadelfia.


Pero Bowie nunca se limita a imitar.

Lo que hace es observar.


El álbum termina siendo un retrato extraño de Estados Unidos:

consumismo, identidad racial, paranoia política y sexualidad ambigua.


El soul —tradicionalmente ligado a la experiencia afroamericana— se convierte aquí en el vehículo para un extranjero que examina la cultura estadounidense con fascinación antropológica.


Por eso el disco suena simultáneamente auténtico y artificial.

Y en esa tensión reside su encanto.


Young Americans también es un puente.

Un disco de tránsito.



En su interior aparece incluso John Lennon, quien coescribe y canta en Fame. La canción, con su groove minimalista, anuncia el viraje hacia una estética más fría y experimental que Bowie explorará poco después en Station to Station y más tarde en la célebre trilogía berlinesa junto a Brian Eno.


Así, el sonido Filadelfia en Bowie no fue simplemente un experimento estilístico.

Fue una estación de paso, un lugar donde el artista británico aprendió a habitar el ritmo antes de volver a reinventarse.


La grandeza de Young Americans reside en algo muy bowiano:

la capacidad de enamorarse de una estética que no le pertenece y, al reinterpretarla, revelarnos algo nuevo sobre ella.


El soul de Filadelfia era elegante, sensual y colectivo.

Bowie lo volvió irónico, observador y teatral.


En ese cruce improbable entre Londres, Nueva York y Filadelfia surgió uno de los discos más singulares de los años setenta:

un álbum donde el soul se mira en el espejo del glam… y descubre otra identidad posible.



 
 
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