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100 años de la importancia de llamarse John Coltrane

hace 1 día
4 min de lectura

Nació el 23 de septiembre de 1926, en Hamlet, Carolina del Norte, y un siglo después su nombre continúa funcionando como una contraseña secreta para entrar en uno de los territorios más profundos de la música del siglo XX. Decir Coltrane no significa solamente hablar de un saxofonista extraordinario; significa hablar de una búsqueda. De alguien que convirtió el jazz en una pregunta permanente y al instrumento en una forma de pensamiento.



Celebrar cien años de su nacimiento es, por eso, mucho más que recordar una efeméride. Es regresar al momento en que un hombre decidió que tocar mejor no era suficiente. Había que buscar más.


Coltrane apareció en una generación que recibió el jazz como una tradición formidable y que, sin embargo, se negó a considerarla terminada. Cuando llegó a Nueva York, el bebop ya había demostrado que el jazz podía ser velocidad, inteligencia y vértigo. Charlie Parker había abierto una puerta que parecía conducir al infinito. Miles Davis, con quien Coltrane trabajaría en distintos momentos decisivos, estaba transformando el lenguaje desde otra perspectiva. Thelonious Monk había demostrado que incluso la arquitectura de una canción podía ser cuestionada.


Coltrane escuchó a todos.


Pero, finalmente, decidió escuchar también aquello que ocurría dentro de sí mismo.


Su historia artística puede entenderse como una sucesión de desprendimientos. Primero tuvo que encontrar su propia voz dentro del lenguaje del bebop. Después llegó su relación con Miles y aquella etapa extraordinaria que desembocaría en Kind of Blue, una de las grabaciones fundamentales de la historia de la música. Allí estaba el Coltrane que comenzaba a comprender que la improvisación no era solamente velocidad de pensamiento: era también espacio, silencio, respiración.


Y entonces apareció Giant Steps.


En 1960, el álbum parecía provenir de un futuro que todavía no había llegado. Las progresiones armónicas de “Giant Steps” eran vertiginosas; exigían una concentración casi matemática. Pero detrás de aquella complejidad había algo más humano: el deseo de escapar de cualquier lugar conocido. Coltrane no quería demostrar que podía tocar sobre cambios difíciles. Quería descubrir qué podía hacer la música cuando esos cambios dejaban de ser una frontera.


Después vendría My Favorite Things, y con él una nueva revelación. El saxofonista podía tomar una canción popular, aparentemente sencilla, y convertirla en un territorio de exploración. El soprano se transformó en una extensión de su pensamiento. La melodía conocida dejaba de ser destino y se convertía en punto de partida.


Pero quizá el verdadero Coltrane comenzó cuando dejó de preocuparse por demostrar cuánto podía tocar y empezó a preguntarse hasta dónde podía llegar.


Ahí aparece A Love Supreme.


Grabado en diciembre de 1964 y publicado en 1965, el álbum es uno de los grandes acontecimientos espirituales de la música moderna. No porque sea música religiosa en un sentido convencional, sino porque Coltrane convirtió la improvisación en una experiencia de búsqueda interior. “Acknowledgement”, “Resolution”, “Pursuance” y “Psalm” forman algo más parecido a una ceremonia que a una simple colección de composiciones.


Coltrane había atravesado años difíciles, incluyendo una fuerte dependencia de la heroína y el alcohol. En 1957 logró abandonar esas adicciones y experimentó lo que describió como un despertar espiritual. Desde entonces, su música adquirió una dimensión que ya no podía separarse completamente de su búsqueda religiosa.


Su saxofón comenzó a sonar como si estuviera tratando de alcanzar algo que se encontraba más allá de la música.


Y esa búsqueda terminaría llevando al jazz hacia territorios cada vez más radicales.


Con Ascension, Meditations, Om y sus últimas grabaciones, Coltrane se alejó de las estructuras tradicionales y comenzó a explorar una música que podía ser áspera, repetitiva, espiritual, explosiva y profundamente libre. Para algunos oyentes aquello era una ruptura necesaria; para otros, una especie de abismo. Coltrane no parecía demasiado preocupado por ninguna de las dos interpretaciones.


Había dejado de pedir permiso.


Su muerte, el 17 de julio de 1967, a los cuarenta años, produjo una de las grandes tragedias prematuras de la música moderna. Pero existe una paradoja en ella: Coltrane murió joven y, sin embargo, su obra parece haber seguido creciendo después de su muerte.


Cada generación encuentra un Coltrane diferente.


El músico de Blue Train* El compañero de Miles Davis. El arquitecto de Giant Steps. El hombre espiritual de A Love Supreme. El explorador de Ascension. El saxofonista que podía tocar una balada con una delicadeza casi frágil y, minutos después, convertir el instrumento en una tormenta.



Y quizá ahí reside la verdadera importancia de llamarse John Coltrane.


No en haber sido uno de los mejores saxofonistas de la historia —una afirmación que, aunque cierta, resulta demasiado pequeña— sino en haber demostrado que la música podía ser una forma de conocimiento.


Coltrane entendió que improvisar no era tocar sin reglas. Era buscar dentro de las reglas aquello que todavía no había sido descubierto. Por eso su música conserva una cualidad extrañamente contemporánea: nunca parece completamente terminada.


Cien años después de su nacimiento, todavía podemos escuchar a Coltrane como quien abre una puerta que no sabe adónde conduce.


Y quizá esa sea la mejor manera de celebrar su centenario: no escucharlo como monumento, sino como pregunta.


Porque algunos músicos dejan canciones.


Otros dejan escuelas.


John Coltrane dejó un camino.


Un camino que comienza con un saxofón, atraviesa el jazz, pasa por el dolor, la disciplina, la espiritualidad, la libertad y termina en un lugar donde las palabras dejan de ser suficientes.


Allí queda solamente el sonido.


Y el sonido, todavía hoy, sigue buscando.



 
 
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