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CBGB, 1973: el sótano donde la contracultura aprendió a caminar erguida

Cuando en 1973 Hilly Kristal empujó las puertas del CBGB & OMFUG —ese nombre casi humorístico que prometía Country, BlueGrass and Blues pero terminó siendo la catedral de todo lo contrario—, nadie imaginaba que aquel rectángulo oscuro y pegajoso de Bowery sería el epicentro sísmico de una revolución estética. Abrir el CBGB fue, sin que él mismo lo supiera, como tensar una cuerda eléctrica entre la rabia adolescente y la necesidad adulta de reescribir el mundo; una cuerda que, al vibrar, daría a luz al punk y a toda la constelación alternativa que lo seguiría como una estela incandescente.



El local olía a desamparo y a cerveza tibia, pero también a una libertad primitiva. Allí, donde las tuberías desnudas parecían venas expuestas, los músicos encontraron un espacio para gritar sus verdades sin llegar tarde a ninguna moda. En ese pequeño altar urbano, Television trazó con guitarras afiladas una poética de fracturas; Patti Smith, con sus poemas hechos relámpago, hizo del escenario un ritual chamánico; y los Ramones, con su ternura brutal y su velocidad de metrónomo roto, anunciaron que la música podía ser una bofetada minimalista capaz de tumbar imperios.



El CBGB no fue un local: fue una grieta. Fue el punto exacto donde Nueva York, cansada de su propia decadencia, se sintetizó en un grito colectivo. Allí se desmontó la idea de virtuosismo como dogma, se dinamitó la noción de que la música necesitaba pulcritud para ser legítima, y se instauró la lógica del “hazlo tú mismo” como ética de supervivencia. Lo alternativo dejó de ser un margen y comenzó a dibujar su propio mapa: crudo, imperfecto, vibrante, auténtico.


Abrir el CBGB fue abrir una herida luminosa en el rock. A partir de 1973, el punk dejó de ser intuición para volverse carne, sudor, palabra y ruido. Y en ese ruido —casi siempre desafinado, casi siempre urgente— nació una de las revoluciones culturales más profundas del siglo XX: un movimiento que enseñó que lo importante no era cantar bien, sino tener algo que decir… y decirlo aunque el mundo no estuviera listo.



 
 
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