El sonido The Cure no hubiera sido sin Lol Tolhurst
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Totalmente. Decir que The Cure no hubiera sonado igual sin Lol Tolhurst no es un gesto de nostalgia ni de corrección política histórica: es una afirmación estética.

Tolhurst no fue el músico más virtuoso del grupo, pero sí uno de sus arquitectos emocionales. En los primeros años —cuando The Cure aún era un experimento pospunk nacido en Crawley— su batería seca, casi ascética, funcionaba como un andamiaje minimalista que permitía a Robert Smith explorar el vacío, la repetición y la melancolía sin caer en el exceso. No golpeaba para imponer ritmo: marcaba pulsos de ansiedad, latidos contenidos, una especie de respiración nerviosa que definió discos como Three Imaginary Boys y Seventeen Seconds.

Cuando Tolhurst abandona la batería y se refugia en los teclados, su importancia no disminuye: se vuelve atmosférica. Ahí está la clave. Lol entiende que The Cure no se trata de lucimiento instrumental, sino de climas, de capas que no se notan pero se sienten. Sus sintetizadores y texturas son sombras largas, niebla emocional, espacios vacíos que hacen más grande la soledad de Smith. Faith y Pornography no serían lo que son sin esa sensación de encierro sonoro, de claustrofobia ritual, donde cada nota parece rezar por el colapso.
Tolhurst representaba, además, el contrapeso humano de Robert Smith: el amigo de infancia, el espejo frágil, el testigo del exceso. Su progresiva desintegración personal —alcohol, desconexión, caos— corre en paralelo a la radicalización emocional de la música. No es casual: The Cure siempre fue una banda donde la biografía se filtra como humedad en las paredes. Cuando Lol se va, la banda gana precisión, sí, pero pierde una forma de inocencia oscura, una torpeza poética que era parte del encanto.
The Cure posterior es brillante, sofisticado, monumental. Pero el Cure que inventó un lenguaje —esa mezcla de tristeza gótica, minimalismo existencial y romanticismo arruinado— nace del diálogo entre Smith y Tolhurst. Uno escribía las heridas; el otro ayudaba a crear el espacio donde esas heridas podían resonar.

Sin Lol Tolhurst, The Cure habría existido.
Pero no habría sonado como ese lugar donde la melancolía aprendió a ser bella.





























