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Gordon Matthew Thomas Sumner, y el arte de aniquilar…

hace 13 horas
4 min de lectura

Hay artistas que construyen una carrera y otros que construyen un personaje. Gordon Matthew Thomas Sumner hizo algo mucho más complejo: inventó a Sting y, desde ese nombre breve, casi eléctrico, aprendió el arte de aniquilarse a sí mismo para volver a aparecer distinto. Pocas trayectorias dentro del rock resultan tan marcadas por esa voluntad de no permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio.



Gordon Sumner parece haber entendido desde muy temprano que toda identidad artística corre el riesgo de convertirse en una prisión. Quizá por eso su trayectoria puede leerse como una sucesión de muertes voluntarias: abandonar una forma para encontrar otra, desmantelar una certeza para abrir espacio a una nueva posibilidad. Y en ese sentido, una canción escondida al final de Synchronicity, “Murder by Numbers”, ofrece una metáfora extraordinaria para comprender esa pulsión.


“Murder by Numbers” habla, desde su título mismo, de un asesinato convertido en procedimiento, casi en método. No hay aquí una explosión emocional, sino una inquietante frialdad matemática: matar como quien sigue instrucciones, como quien aprende una técnica. La canción posee además una ironía oscura que parece especialmente apropiada para Sting, porque detrás de su elegancia melódica siempre ha existido una inteligencia capaz de observar el mundo —y a sí mismo— con cierta distancia quirúrgica.


Y quizá eso sea precisamente lo que hizo con su propia carrera.


Sting nació musicalmente en el punk y el new wave, pero nunca aceptó del todo sus fronteras. Con The Police convirtió la economía en una forma de sofisticación: tres músicos, ningún exceso innecesario y una música capaz de moverse entre el reggae, el jazz, el punk, el pop y el rock sin pedir permiso. Outlandos d'Amour, Reggatta de Blanc, Zenyatta Mondatta, Ghost in the Machine y Synchronicity fueron construyendo una escalera ascendente en la que cada peldaño parecía también una despedida del anterior.


Y entonces llegó la aniquilación.


En el momento en que The Police se había convertido en una de las bandas más importantes del planeta, Sting decidió terminar con ella. No porque hubiera agotado el éxito, sino porque el éxito comenzaba a convertirse en una jaula. La separación de The Police fue, en ese sentido, uno de sus primeros grandes actos de destrucción creativa: destruir aquello que funcionaba extraordinariamente bien para averiguar qué podía existir después.


Vista desde Murder by Numbers, aquella decisión adquiere una dimensión casi paradójica. El asesinato de una etapa no necesitaba sangre; necesitaba precisión. Había que identificar aquello que debía desaparecer y hacerlo antes de que se convirtiera en una caricatura de sí mismo. Sting no destruyó The Police cuando el grupo había dejado de funcionar: lo hizo cuando todavía funcionaba. Esa es precisamente la naturaleza radical de la aniquilación artística: no esperar necesariamente al fracaso para abandonar una fórmula.


Lo que vino fue todavía más desconcertante. The Dream of the Blue Turtles no intentó reconstruir The Police con músicos diferentes. Sting rodeó sus canciones de jazzistas como Branford Marsalis, Darryl Jones, Kenny Kirkland y Omar Hakim, y convirtió su primer álbum solista en una declaración de independencia estética. Era como si el hombre que había ayudado a reinventar el rock británico decidiera ahora conversar con el jazz, el funk y las músicas del mundo.


Desde entonces, su carrera quedó marcada por esa permanente necesidad de desplazamiento. ...Nothing Like the Sun profundizó la dimensión política, espiritual y literaria de su escritura; The Soul Cages convirtió la muerte de sus padres en una meditación sobre la memoria y la pérdida; Ten Summoner's Tales recuperó el placer narrativo y la elegancia pop. Más adelante llegarían exploraciones medievales, música renacentista, proyectos sinfónicos, colaboraciones y regresos inesperados.


Sting parece haber entendido algo que muchos artistas descubren demasiado tarde: que la identidad también puede convertirse en una prisión.


Por eso el verbo aniquilar adquiere aquí un sentido particular. No se trata de destruir por destruir, sino de eliminar periódicamente la versión anterior de uno mismo antes de quedar atrapado en ella. Murder by Numbers funciona entonces como una especie de espejo oscuro de esa filosofía: el asesinato convertido en cálculo, en procedimiento, en una operación aparentemente racional. La metáfora resulta perturbadora precisamente porque sugiere que reinventarse también exige una cierta crueldad con el pasado.



Gordon Matthew Thomas Sumner ha pasado buena parte de su vida artística practicando esa forma de supervivencia: matar al personaje antes de que el personaje termine matando al artista.


Incluso su nombre contiene esa operación. Gordon Matthew Thomas Sumner es el hombre; Sting, la criatura artística. Uno pertenece a la biografía. El otro pertenece al escenario, a la memoria colectiva, a esa zona donde una identidad individual deja de ser completamente propia.


Y quizá allí radique la verdadera dimensión de su obra. Sting nunca fue solamente el cantante de Roxanne, Every Breath You Take, Message in a Bottle o Englishman in New York. Fue también el músico que comprendió que el rock podía ser sofisticado sin perder su pulsación popular, que el éxito no obligaba necesariamente a la repetición y que una canción podía contener literatura, política, erotismo, espiritualidad y memoria sin dejar de ser una canción.



Pero quizá sea Murder by Numbers la que permite escuchar, desde un rincón sombrío de Synchronicity, la lógica secreta de toda esa trayectoria. Como si Sting hubiera dejado allí una pequeña pieza de evidencia: para sobrevivir artísticamente hay que aprender a eliminar. A veces una banda. A veces un sonido. A veces una certeza. A veces incluso al propio Sting.


Gordon Matthew Thomas Sumner lleva décadas demostrando que, en ocasiones, para seguir siendo artista hay que tener el valor de destruir aquello que el público ya aprendió a reconocer.


Ese es, quizá, su arte más secreto: aniquilar a Sting antes de que Sting deje de ser Gordon Sumner.



 
 
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