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Nada ha sonado más rock’n roll que un trío de Houston, Texas con la batería de Frank Beard.

Porque antes de las barbas, los lentes oscuros, el Ford ’33, los videos de MTV y la extraordinaria maquinaria visual de Eliminator, existían solamente tres hombres en un escenario: Billy Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard. Tres músicos de Houston haciendo algo que parecía elemental y que, precisamente por eso, resultaba casi imposible de imitar.


Frank Beard

ZZ Top nació en Houston en 1969 y encontró muy pronto una identidad que parecía venir directamente del asfalto caliente, de los bares, del blues eléctrico y de ese boogie texano que no necesitaba demasiadas explicaciones. Gibbons podía convertir un riff en una declaración de principios; Dusty Hill podía hacer que el bajo sonara como una locomotora; pero era Frank Beard quien colocaba todo aquello sobre la tierra.


Beard no era el baterista que necesitaba demostrar que era el baterista.


Y quizá ahí estaba su grandeza.


Su manera de tocar tenía una economía extraordinaria: pocos golpes desperdiciados, ninguna necesidad de exhibicionismo, un sentido casi arquitectónico del espacio. Su batería no competía con la guitarra de Gibbons; la empujaba. No perseguía al bajo de Hill; lo abrazaba. Entre ambos construían uno de los grooves más reconocibles de la historia del rock.


Escuchar La Grange, Tush, Waitin’ for the Bus o Jesus Just Left Chicago es comprender que el verdadero secreto de ZZ Top nunca estuvo solamente en el riff. Estaba en lo que ocurría debajo de él. Tres Hombres, publicado en 1973, fue el momento en que aquella fórmula encontró su forma definitiva: blues, boogie, sexo, humor, carretera y una cantidad absurda de actitud comprimidos en canciones que parecían haber nacido para ser escuchadas con las ventanas abiertas y el acelerador abajo.


Y ahí estaba Beard.


El hombre que llevaba el apellido más paradójico de la historia del rock —Beard, “barba”— y que, precisamente, era el único de los tres que no llevaba una barba monumental. El chiste visual era perfecto. La música, sin embargo, no tenía nada de broma.

Frank Beard

Frank Beard era el mecanismo secreto.


Su batería tenía esa cualidad profundamente norteamericana del ritmo que parece no moverse aunque todo a su alrededor esté avanzando. Un pulso firme, seco, ligeramente atrasado, con ese pequeño margen de elasticidad que convierte una secuencia de golpes en groove. Beard entendía que el rock no necesita necesariamente velocidad: necesita peso.


Y nadie sabía colocar mejor ese peso.


Por eso ZZ Top podía sonar enorme siendo solamente tres.


Tres.


La guitarra podía desaparecer durante unos segundos y la canción seguía caminando. El bajo podía simplificar hasta convertirse casi en una línea primitiva y el cuerpo seguía moviéndose. La batería podía parecer sencilla y, sin embargo, mantener suspendido todo el edificio.


Ese fue uno de los grandes milagros de ZZ Top: convertir la simplicidad en sofisticación sin que jamás pareciera sofisticada.


Después llegó Eliminator en 1983 y el mundo cambió. Sintetizadores, secuenciadores, cajas de ritmos, videos, chicas, automóviles y una estética que parecía diseñada en algún laboratorio secreto de Texas. ZZ Top entró en MTV sin abandonar completamente su ADN.


Pero incluso allí, cuando la tecnología comenzó a rodear al grupo, el corazón seguía siendo el mismo.


El riff.


El bajo.


El golpe.


Beard entendió algo que muchos bateristas olvidan: la modernidad no consiste en tocar más cosas, sino en saber exactamente qué cosas no hace falta tocar.


Y por eso su trabajo sobrevive incluso cuando desaparecen las modas.


Frank Beard

Frank Beard murió a los 77 años, después de más de cinco décadas como parte de ZZ Top. Fue el único baterista de aquella formación clásica durante prácticamente toda su existencia, desde los primeros años de Houston hasta la era de los grandes escenarios y mucho más allá.


Su muerte deja a Billy Gibbons como el último miembro original de aquella alineación.


Pero hay algo que la muerte no puede modificar.


Ponga uno La Grange. Ponga Tush. Ponga Cheap Sunglasses. Ponga Gimme All Your Lovin’. Espere unos segundos.


Ahí está.


Ese golpe.


Ese espacio.


Ese extraño balance entre precisión y suciedad.


Ahí está Frank Beard diciéndonos que el rock’n roll no siempre necesita gritar. A veces solamente necesita tres músicos, un amplificador, un bajo y una batería que sepa exactamente cuándo golpear.


Houston, Texas.


Tres hombres.


Dos barbas.


Y un baterista sin barba cuyo apellido decía exactamente lo contrario.


Durante más de cincuenta años, ZZ Top convirtió esa contradicción en una de las más grandes verdades del rock.


Y quizá por eso, cuando todo lo demás desaparece, todavía queda el ritmo.


El ritmo de Frank Beard.



 
 
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