Oasis: la cultura de la antipatía
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No la antipatía como simple mal carácter, sino como una declaración estética. Como una manera de estar en el mundo. En Oasis había arrogancia, provocación, desprecio por la corrección política del rock, rivalidades, insultos, excesos y una voluntad casi deliberada de caer mal. Pero detrás de todo aquello había una inteligencia instintiva: entender que en el rock británico ser querido no siempre es tan poderoso como ser imposible de ignorar.

Los Gallagher llegaron a mediados de los noventa cuando la música británica necesitaba recuperar una sensación que parecía perdida: la posibilidad de que una banda volviera a sentirse enorme.
El britpop había convertido la nostalgia por los sesenta en una nueva batalla cultural. Blur representaba una Inglaterra sofisticada, irónica, urbana, capaz de mirar su propia tradición con distancia. Oasis apareció desde otro lugar. No quería mirar el pasado con ironía: quería apropiárselo.
Y ahí estaba la primera provocación.
Noel Gallagher no escondía sus referencias. The Beatles, The Rolling Stones, T. Rex, The Who, Slade. Todo estaba ahí, pero reconstruido desde una sensibilidad de barrio, desde Manchester, desde una generación que había crecido escuchando aquellos discos como una especie de mitología familiar.
“Supersonic”, “Live Forever”, “Cigarettes & Alcohol”, “Some Might Say”, “Wonderwall” o “Don’t Look Back in Anger” no parecían canciones que pidieran permiso para existir. Llegaban con la seguridad de quien considera que el mundo estaba esperando precisamente eso.
Y Liam era la encarnación perfecta de esa seguridad.
Su manera de cantar parecía un desafío incluso cuando no estaba cantando. La postura, las manos detrás de la espalda, la cabeza inclinada hacia el micrófono, esa voz nasal y arrogante que podía transformar una melodía sencilla en una declaración de principios.
Liam Gallagher no necesitaba caer bien.

Necesitaba parecer invulnerable.
Ahí comenzó a funcionar la cultura de la antipatía.
Porque Oasis comprendió algo fundamental sobre la celebridad en la era de los medios masivos: la controversia podía convertirse en combustible. Cada entrevista era potencialmente una canción. Cada pelea podía alimentar una portada. Cada insulto podía convertirse en publicidad gratuita.
Noel y Liam parecían comprender intuitivamente que el rock necesitaba enemigos.
Y encontraron muchos.
Blur fue el antagonista perfecto. La rivalidad entre ambas bandas fue convertida por la prensa británica en una batalla por el alma del país. “Blur vs. Oasis” simplificaba una realidad mucho más compleja, pero funcionaba maravillosamente como narrativa. Era una guerra entre dos formas de entender Inglaterra.
Blur representaba la inteligencia, la ironía, la observación social.
Oasis representaba la arrogancia, la emoción directa, el deseo de grandeza.
Y mientras Damon Albarn podía jugar con el artificio intelectual de la cultura pop, Liam Gallagher podía mirar al mundo como si todo aquello le importara muy poco.
Pero la paradoja era extraordinaria: cuanto más antipáticos parecían, más fascinantes resultaban.
En 1995, cuando “Roll with It” de Oasis y “Country House” de Blur fueron enfrentadas por la prensa en una batalla comercial, el asunto dejó de ser solamente musical. El pop británico se convirtió en espectáculo nacional. La antipatía había dejado de ser un defecto de personalidad para convertirse en una herramienta cultural.
Oasis entendió el mecanismo.
No intentó desactivar la polémica.
La alimentó.
Y cuando llegó (What’s the Story) Morning Glory?, la banda dejó de ser simplemente una gran promesa para convertirse en fenómeno. El álbum tenía algo que explica mejor que cualquier declaración la magnitud de Oasis: sonaba enorme sin ser particularmente sofisticado.
Ahí estaba su verdadero poder.
Noel Gallagher tenía una capacidad extraordinaria para escribir melodías memorables utilizando estructuras relativamente sencillas. “Wonderwall” convirtió una progresión armónica elemental en una de las canciones más reconocibles de los noventa. “Don’t Look Back in Anger” convirtió una referencia beatle en himno colectivo. “Champagne Supernova” llevó la grandilocuencia psicodélica hacia un territorio casi surrealista.
Oasis no inventó prácticamente ninguno de los elementos que utilizaba.
Su genialidad consistió en entender qué elementos debía reunir para que millones de personas sintieran que les pertenecían.
Por eso Oasis fue mucho más que britpop.
Fue una fantasía de ascenso social convertida en música.
Cinco muchachos de Manchester podían mirar hacia el universo de The Beatles y comportarse como si la distancia entre ellos y aquella mitología no existiera. Esa arrogancia era precisamente el mensaje.

No había que pedir permiso.
No había que pertenecer a una élite cultural.
No había que conocer la teoría musical.
Había que creer.
Y quizás por eso la antipatía de Oasis resultaba tan atractiva. Porque escondía una forma de liberación. Frente a la corrección, la insolencia. Frente a la modestia, la exageración. Frente al “quizá”, el “somos los mejores”.
Era una respuesta profundamente británica a una época obsesionada con la imagen.
Pero también contenía su propia contradicción.
Porque el ego que ayudó a construir Oasis terminó amenazando con destruirla.
La relación entre Noel y Liam era musicalmente extraordinaria y humanamente explosiva. Uno escribía buena parte de las canciones; el otro las convertía en acontecimientos. Uno buscaba controlar la arquitectura musical; el otro quería encarnar el mito.
No eran exactamente enemigos.
Eran dos partes de una misma personalidad artística incapaces de convivir dentro del mismo cuerpo.
Noel necesitaba a Liam porque Liam tenía una voz imposible de confundir.
Liam necesitaba a Noel porque Noel escribía las canciones que podían convertirlo en leyenda.
La dependencia mutua hacía que cada conflicto fuera todavía más intenso.
Y así Oasis terminó atrapada en su propio personaje.
La cultura de la antipatía había funcionado tan bien que ya no era posible apagarla.
El problema de construir una identidad basada en desafiar al mundo es que, tarde o temprano, el mundo deja de ser el enemigo.
Entonces el enemigo aparece dentro de casa.
La historia de Oasis terminó convirtiéndose en una especie de tragedia rock’n’roll: dos hermanos extraordinariamente talentosos que podían crear canciones capaces de reunir estadios enteros, pero que no podían soportar estar demasiado tiempo juntos.

Sin embargo, incluso después de la separación, la cultura de la antipatía siguió produciendo dividendos.
Porque Oasis no desapareció realmente.
Se convirtió en recuerdo.
Y el recuerdo, en ocasiones, es una forma todavía más poderosa de celebridad.
Las canciones sobrevivieron a las peleas. Los estadios sobrevivieron a los insultos. “Wonderwall” dejó de pertenecer exclusivamente a Oasis y pasó a formar parte del repertorio emocional de varias generaciones. “Don’t Look Back in Anger” adquirió incluso significados colectivos que trascendieron a la banda.
Y entonces ocurrió algo particularmente irónico: los hombres que habían construido una parte de su identidad alrededor de caer mal terminaron siendo profundamente queridos.
Ahí está la paradoja definitiva de Oasis.
La antipatía era el disfraz.
Debajo estaba la vulnerabilidad.
Porque quizás no había nada más vulnerable que aquellos muchachos intentando convencerse de que eran invencibles.
Oasis convirtió la arrogancia en lenguaje, la rivalidad en espectáculo y el conflicto familiar en materia prima para la mitología del rock. Noel escribió canciones sobre la esperanza, el fracaso, la nostalgia y la posibilidad de escapar. Liam las cantó como si estuviera dispuesto a pelear con cualquiera que se atreviera a discutirlas.
Y esa combinación fue irrepetible.
Porque el verdadero legado de Oasis no está solamente en haber resucitado el rock británico de los noventa ni en haber vendido millones de discos.
Está en haber demostrado que la simpatía no es una condición necesaria para generar identificación.
A veces ocurre lo contrario.
A veces el público quiere que alguien diga aquello que él mismo no se atreve a decir.
Que alguien sea arrogante.
Que alguien sea insolente.
Que alguien no pida disculpas.
Que alguien suba a un escenario y se comporte como si el mundo le perteneciera.
Ese fue Oasis.
Una banda que hizo de la antipatía una estética, del ego una estrategia y de la rivalidad una forma de comunicación.
Pero también una banda que, detrás de todo ese ruido, dejó algo mucho más difícil de fabricar:
canciones que todavía hacen cantar a gente que probablemente ya olvidó por qué alguna vez Oasis le cayó mal.
Porque al final, como suele ocurrir con los grandes grupos de rock, la provocación envejeció.
Las canciones no.


































