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…pues resulta que Barry Manilow no escribio las canciones que hacen que el mundo cante…

Para un cierto tipo de aficionado a la música, descubrir que muchas de las canciones más asociadas a Barry Manilow no fueron escritas por él puede producir una sensación extraña, casi comparable a una pequeña traición sentimental. No porque el artista haya ocultado deliberadamente la verdad, sino porque durante años su voz, su estilo y su personalidad quedaron tan profundamente fusionados con esas canciones que parecía imposible imaginar otro origen.



La desilusión nace de una expectativa muy moderna. Desde los años sesenta, el rock nos enseñó a valorar la figura del cantautor: el artista que escribe sus propias palabras, compone sus melodías y convierte sus experiencias en canciones. Bajo ese paradigma, la autoría se convirtió en una medida de autenticidad. Por ello, cuando descubrimos que éxitos emblemáticos de Barry Manilow procedían de otros compositores, sentimos que una parte del relato que habíamos construido sobre él se tambalea.


La sorpresa es aún mayor cuando aparecen títulos tan identificados con su figura como Mandy, escrita originalmente por Scott English, o I Write the Songs, compuesta por Bruce Johnston. Pero la lista no termina ahí. También ocurre con Weekend in New England, obra de Randy Edelman, y con Looks Like We Made It, escrita por Will Jennings y Richard Kerr. Resulta llamativo que algunas de las interpretaciones más representativas de su carrera hayan sido concebidas por otros, cuando para el público parecen inseparables de su identidad artística.



Sin embargo, esa decepción también revela un prejuicio cultural. Durante gran parte del siglo XX, los intérpretes más admirados no eran necesariamente quienes escribían las canciones. La grandeza de figuras como Frank Sinatra o Ella Fitzgerald residía precisamente en su capacidad para transformar una obra ajena en algo irrepetiblemente propio. En ese sentido, el caso de Manilow resulta menos una impostura que una demostración de talento interpretativo.


Quizá lo verdaderamente sorprendente es que la ilusión haya sido tan convincente. Si millones de personas llegaron a creer que aquellas canciones nacieron de Barry Manilow, fue porque él logró apropiarse emocionalmente de ellas. Las cantó con tal convicción que terminó borrando, en la memoria colectiva, la distancia entre compositor e intérprete.


Así, la decepción inicial suele dar paso a una comprensión más profunda. Barry Manilow tal vez no fue el autor de toda la música con la que lo identificamos, pero sí fue el responsable de convertirla en parte de nuestras vidas. Y, al final, esa capacidad de transformar canciones en recuerdos puede ser una forma de arte tan extraordinaria como escribirlas.



 
 
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