El día que Eddie Van Halen cambió la guitarra por los teclados
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- 6 oct 2025
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Durante la mayor parte de su carrera, Eddie Van Halen fue sinónimo de una sola cosa: la guitarra eléctrica como máquina de fuego, un instrumento que en sus manos dejó de ser una herramienta para convertirse en un arma de innovación pura. Desde los primeros acordes de “Eruption”, su nombre se asoció con la velocidad, la distorsión, la técnica imposible y la sonrisa desafiante del virtuoso que, sin proponérselo, reescribió el manual del rock. Pero hubo un día —y un disco— en que el propio Eddie decidió desafiarse a sí mismo y a su público, cambiando el mástil por las teclas, el rugido de las cuerdas por la brillantez de un sintetizador Oberheim OB-Xa. Ese día nació “Jump”.

Era 1983. El mundo del rock había empezado a mutar bajo la presión de la nueva tecnología y los sonidos digitales. La aparición de MTV había convertido la música en un espectáculo visual, y las bandas que sobrevivían eran aquellas que sabían reinventarse. Eddie, siempre inquieto, pasaba horas en su estudio casero —el legendario 5150— experimentando con sonidos que iban más allá de la guitarra. En esas sesiones clandestinas, sin que su hermano Alex o David Lee Roth lo supieran, empezó a construir una melodía luminosa y simple, casi pop, que emanaba del teclado como si fuera una descarga eléctrica de optimismo.

Cuando presentó la idea al resto del grupo, el conflicto fue inmediato. Roth no quería saber nada con los teclados: decía que Van Halen era una banda de rock, no de “música de gimnasio”. Alex dudaba, aunque admiraba la melodía. Pero Eddie insistió. Había descubierto un nuevo modo de expresión, una forma de canalizar su energía sin necesidad de solos vertiginosos. Así, con la obstinación del genio que sabe que el riesgo es parte del arte, llevó adelante su idea.
El resultado fue “Jump”, el tema que abriría 1984, un disco que marcó el punto más alto —y también la ruptura definitiva— de la primera era de Van Halen. Aquella canción, con su riff de sintetizador tan pegadizo como imparable, subió al número uno de las listas, cruzó fronteras y redefinió lo que una banda de hard rock podía ser. Eddie no abandonó la guitarra: al contrario, la incorporó a un nuevo lenguaje. En “Jump”, su solo sigue siendo puro Van Halen: breve, melódico, incendiario. Pero el centro gravitacional del sonido había cambiado.
Aquel gesto —tomar el teclado, un instrumento considerado “ajeno” al espíritu roquero— fue un acto de rebeldía artística. No de rendición. Eddie no traicionó su esencia: la expandió. En su universo, la guitarra siempre fue un laboratorio. Los teclados se convirtieron en una extensión natural de ese impulso creador. Después de “Jump”, llegarían “I’ll Wait” y más tarde “Dreams” y “Love Walks In”, piezas donde el Eddie Van Halen más melódico y emocional encontró su espacio.

El día que Eddie cambió la guitarra por los teclados no fue el día que dejó de ser guitarrista, sino el día que demostró que la innovación no tiene cuerdas. Fue la afirmación de un principio que siempre lo acompañó: el verdadero virtuosismo no está en tocar más rápido, sino en atreverse a tocar distinto.





























