Terminó la guerra, y nació David Bowie.
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No es una simple coincidencia cronológica, sino una metáfora casi perfecta. En enero de 1947, cuando Europa aún recogía escombros físicos y morales, apareció en Brixton un niño destinado a encarnar lo que vendría después del trauma: la imaginación como refugio, la identidad como territorio mutable, el arte como reconstrucción. Bowie nace en un mundo cansado de certezas, desconfiado de los absolutos, necesitado de nuevas máscaras para sobrevivir.

La posguerra no solo heredó ruinas; heredó silencio, culpa y una profunda necesidad de reinventarse. Bowie creció entre esa resaca histórica y la irrupción de una cultura juvenil que ya no quería héroes de bronce, sino figuras ambiguas, cambiantes, capaces de habitar la contradicción. Por eso su obra nunca miró hacia atrás con nostalgia bélica, sino hacia adelante con curiosidad casi científica. Bowie no cantó la victoria ni la derrota: cantó la mutación.

Mientras Elvis había encarnado el despertar del deseo en una América victoriosa, Bowie fue el hijo de una Europa que dudaba de sí misma. Su genialidad consistió en convertir esa duda en método. Ziggy Stardust, el Duque Blanco, Halloween Jack no fueron disfraces caprichosos, sino respuestas estéticas a un mundo que ya no creía en una identidad fija. Bowie entendió antes que nadie que, tras la guerra, el yo sería un collage.
Terminó la guerra y nació Bowie: el artista que asumió que el futuro no sería estable, que el género, la música y la personalidad serían campos de experimentación. Si el siglo XX aprendió algo después de 1945, fue que la realidad podía quebrarse de un día para otro. Bowie hizo de esa fragilidad una poética. No vino a sanar las heridas del pasado, sino a enseñarnos a vivir —y bailar— entre las grietas del porvenir.


























