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En ruta al fin del mundo... la inevitabilidad de Thom Yorke

hace 4 horas
4 min de lectura

Su música nunca pareció hablar solamente del presente: hablaba de aquello que estaba por suceder. Como si hubiera escuchado, detrás del ruido cotidiano, el crujido de una civilización que comenzaba a perder el control sobre sí misma.



Cuando Radiohead apareció, a principios de los años noventa, el rock todavía conservaba la ilusión de que podía reinventarse sin abandonar completamente sus viejas coordenadas. Pero Yorke parecía desconfiar de esa posibilidad. Mientras otros cantaban sobre juventud, deseo, rebeldía o celebración, él introducía una sensación extraña: la de estar viviendo dentro de una maquinaria que nadie comprendía del todo, pero de la que tampoco era posible escapar.


Entonces llegó OK Computer y aquella intuición adquirió una dimensión casi profética. El automóvil, la tecnología, las corporaciones, la comunicación, la velocidad y la soledad dejaron de ser elementos separados para convertirse en el paisaje psicológico de una nueva época. Radiohead no estaba haciendo música futurista; estaba describiendo el presente antes de que el presente comprendiera lo que estaba haciendo.


Yorke cantaba como quien intenta respirar dentro de una habitación que se va quedando sin oxígeno.


Ahí comenzó su inevitabilidad.


Porque Thom Yorke nunca ha sido un cantante cómodo. Su voz no busca seducir de la manera convencional; tiembla, se quiebra, asciende hasta convertirse en una especie de alarma emocional. Hay algo físicamente vulnerable en ella, pero también algo profundamente incómodo. Es una voz que parece estar recibiendo información desde un lugar al que nosotros todavía no hemos llegado.


Y quizá por eso Kid A fue tan importante. Allí Radiohead dejó de intentar demostrar que era una banda de rock para convertirse en otra cosa: una arquitectura sonora para una humanidad que comenzaba a vivir entre máquinas, pantallas y emociones digitalizadas. Las guitarras se desdibujaron, los ritmos se volvieron mecánicos, las canciones perdieron sus formas tradicionales y Yorke comenzó a cantar como si su propia identidad estuviera siendo fragmentada por el mundo que describía.


No era una traición al rock.


Era su consecuencia lógica.


La verdadera revolución de Yorke consistió en comprender que el futuro no necesariamente tendría el aspecto espectacular que la cultura popular había imaginado. No habría necesariamente naves espaciales, ciudades luminosas ni héroes tecnológicos. El futuro podía ser mucho más silencioso: un individuo frente a una pantalla, aislado entre millones de individuos igualmente conectados; una sociedad hipercomunicada incapaz de comunicarse; una economía capaz de producir abundancia y, simultáneamente, ansiedad; una tecnología diseñada para acercarnos que terminaría modificando nuestra manera de mirar, pensar y sentir.


Yorke entendió esa paradoja antes de que se convirtiera en nuestra normalidad.


Por eso Radiohead resulta hoy menos extraño que cuando apareció. Lo que alguna vez parecía experimental se ha convertido, con una inquietante naturalidad, en paisaje cotidiano. La angustia de OK Computer, la deshumanización de Kid A, la melancolía de Amnesiac, la fractura emocional de Hail to the Thief o la introspección de In Rainbows pueden leerse ahora como diferentes estaciones de un mismo viaje: el desplazamiento del ser humano hacia un territorio donde ya no sabe exactamente qué significa ser humano.


Y Yorke siempre estuvo en ruta.


Su música parece avanzar hacia un horizonte que nunca termina de mostrarse. No existe una llegada porque quizá la llegada sea precisamente el problema. El fin del mundo, en su universo, no ocurre mediante una explosión. Se instala lentamente. Se vuelve costumbre. Se transforma en rutina.


El apocalipsis puede ser simplemente despertar una mañana y descubrir que aquello que parecía imposible ya forma parte de nuestra vida cotidiana.


Esa es una de las razones por las que Thom Yorke resulta tan contemporáneo. Su angustia no es romántica en el sentido tradicional; es tecnológica, política, ecológica, económica y existencial. Es la angustia de un individuo que sospecha que las estructuras creadas por el ser humano han adquirido una velocidad que ya no podemos controlar.



Y, sin embargo, dentro de esa oscuridad existe belleza.


Esa es quizá la contradicción más poderosa de Radiohead. Yorke nunca convirtió la desesperación en simple oscuridad. La transformó en textura, melodía, silencio, electrónica, ruido y armonía. Allí donde otros habrían encontrado solamente un callejón sin salida, él encontró una posibilidad estética.


La tristeza también podía ser hermosa.


La ansiedad podía convertirse en música.


El miedo podía adquirir una forma.


Y quizá esa sea la verdadera importancia de Thom Yorke: no haber predicho el fin del mundo, sino haber encontrado la banda sonora adecuada para la sensación de estar acercándonos a él.


Porque seguimos avanzando.


La tecnología se hace más inteligente, las máquinas comienzan a escribir, crear imágenes, componer música y conversar; las ciudades se vuelven más veloces y más solitarias; la información se multiplica hasta convertirse en ruido; el individuo queda atrapado entre algoritmos que conocen sus deseos antes de que él mismo pueda reconocerlos.


Y, en medio de todo eso, la voz de Yorke continúa sonando extrañamente familiar.


Como si hubiera estado ahí desde el principio.


Como si nos hubiera advertido que el futuro no vendría a buscarnos.


Que nosotros íbamos hacia él.


En ruta al fin del mundo.


Y que, probablemente, Thom Yorke ya había escrito la canción que escucharíamos mientras llegábamos.



 
 
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