“Jesus died for somebody’s sins but not mine…”: la magnífica Patti Smith en medio del misógino punk
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- 30 dic 2025
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“Jesus died for somebody’s sins but not mine” no es solo una línea inaugural; es una declaración de independencia espiritual, estética y política. Con ella, Patti Smith abre Horses (1975) como quien empuja una puerta prohibida en un templo que hasta entonces había sido custodiado por varones airados, nihilistas por costumbre y misóginos por inercia. No pide permiso. No busca absolución. Se nombra a sí misma como sujeto soberano en un movimiento que, paradójicamente, proclamaba la libertad mientras reproducía viejas jerarquías.

El punk —ese estallido de tres acordes y furia— nació con una promesa de tabula rasa. Pero en sus primeros rituales también cargó con el lastre del rock más rancio: la mujer como adorno, musa o anomalía. Patti Smith irrumpe ahí no para “representar” a nadie, sino para desarmar el escenario entero. Su androginia no es pose: es estrategia. Su voz no seduce; invoca. Su cuerpo no se ofrece; se afirma. En medio del ruido, introduce una tradición literaria —Rimbaud, Blake, Genet— y la hace chocar contra amplificadores saturados. El resultado no es conciliación, es fricción productiva.

La frase sobre Jesús es, ante todo, una negación del relato heredado de culpa. Patti no blasfema por deporte: reescribe el contrato. Si el rock había heredado del blues una mitología masculina del deseo y del sacrificio, ella responde con un evangelio laico donde la experiencia femenina no necesita mediación ni
penitencia. En un entorno que confundía crudeza con cinismo, Smith propone una crudeza mística. En un paisaje que celebraba la destrucción, ella introduce una ética del lenguaje: las palabras importan, el cuerpo que las pronuncia también.
Mientras muchos punks se parapetaban en la ironía y el desprecio —a menudo dirigidos hacia las mujeres—, Patti elige la vulnerabilidad como arma. No es casual que Gloria empiece con esa línea: el punk podía gritar contra todo, pero rara vez se atrevía a revisar sus propios dogmas. Smith lo hace desde el primer segundo. Se planta en el centro del vendaval y dice: no cargo con culpas ajenas, no heredo pecados que no cometí, no acepto el lugar que me asignaron.
Su influencia no se mide solo en bandas o discos, sino en una ampliación del campo de lo posible. Patti Smith demuestra que la rebeldía no tiene por qué ser monocorde ni masculina; que la poesía puede ser un arma tan filosa como una guitarra distorsionada; que la identidad puede ser un territorio en permanente escritura. En medio del punk misógino, su figura no es excepción tolerada: es grieta irreparable.

Por eso esa frase sigue resonando. Porque no envejeció como consigna, sino como principio. Patti Smith no pidió entrar al canon del punk: lo reescribió desde adentro. Y en ese gesto, dejó claro que la verdadera herejía no era negar a Dios, sino negarse a aceptar un mundo —y un movimiento— que pretendía dictar quién podía alzar la voz.




























