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Music for the Masses, publicado hace 39 años, la evolución puntual de Depeche Mode… y todavía faltaría Violator

hace 21 horas
4 min de lectura

En septiembre de 1987, Depeche Mode publicó Music for the Masses, un título que parecía una provocación y que, visto desde la distancia, terminó siendo casi una declaración de principios. La música electrónica que había nacido en habitaciones pequeñas, entre sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmos, comenzaba a abandonar definitivamente el territorio de la intimidad para convertirse en música de masas. Pero lo verdaderamente fascinante es que Depeche Mode todavía no había llegado a su cima. Music for the Masses era apenas el último escalón antes de Violator.


Music for the Masses

Habían pasado apenas siete años desde Speak & Spell, aquel debut luminoso y juguetón en el que Vince Clarke había establecido buena parte del lenguaje inicial del grupo. Pero Depeche Mode ya no era aquella banda que parecía jugar con el futuro desde una habitación de sintetizadores. La salida de Clarke había obligado a Martin Gore a asumir la composición y, con ello, había aparecido otra personalidad. Una más oscura, más ambigua, más sensual y progresivamente más obsesionada con el deseo, la religión, la culpa, la muerte y la fragilidad humana.


Alan Wilder había terminado de transformar esa intuición en arquitectura sonora.


Esa es quizá la clave de Music for the Masses: Depeche Mode había dejado de utilizar los sintetizadores simplemente como sustitutos de una banda de rock. Ahora comenzaba a comprenderlos como instrumentos capaces de construir atmósferas, espacios y emociones. La electrónica ya no era el mecanismo; era el lenguaje.


“Never Let Me Down Again” abre el álbum como una especie de marcha hacia otra dimensión. Los golpes electrónicos adquieren una gravedad casi industrial, mientras la canción avanza con una solemnidad que pocos años antes habría parecido imposible dentro del universo de Depeche Mode. Ya no se trata solamente de bailar. Hay algo monumental en esa música, algo que parece pedir estadios.


Y después aparece “Strangelove”, con esa combinación extraordinaria entre sensualidad y frialdad, entre deseo y culpa. Gore comienza a comprender que una canción pop puede ser simultáneamente accesible y perturbadora. Puede insinuar sin explicar. Puede hablar del deseo sin convertirlo en confesión. Depeche Mode empieza a construir allí una de sus características esenciales: hacer música profundamente emocional sin necesidad de abandonar la distancia electrónica.

Music for the Masses

“Behind the Wheel” profundiza todavía más esa transformación. El automóvil, la velocidad, el control y la entrega se convierten en metáforas de una relación donde el poder cambia de manos. La máquina deja de ser solamente tecnología y empieza a convertirse en extensión del deseo.


Ese es el gran salto de Music for the Masses: Depeche Mode empieza a descubrir que la electrónica puede tener sensualidad física.


Y quizá por eso el título del álbum resulta tan perfecto. No porque la banda hubiese alcanzado todavía una popularidad verdaderamente masiva, sino porque había descubierto cómo hacer que una música nacida aparentemente para minorías pudiera hablarle a una multitud sin perder su oscuridad.


El fenómeno adquiriría una dimensión todavía mayor con la gira que acompañó al álbum. Los escenarios comenzaron a crecer y la relación entre Depeche Mode y su público adquirió una intensidad que ya no correspondía a la imagen de un grupo de sintetizadores. El público no solamente escuchaba aquellas canciones: las convertía en ritual.


El concierto del Rose Bowl de Pasadena, en junio de 1988, sería la prueba definitiva de que algo había cambiado. Decenas de miles de personas frente a una banda que, unos años antes, difícilmente habría sido imaginada como protagonista de semejante ceremonia. El posterior documental 101 convirtió aquella experiencia en una especie de fotografía de la transformación.


Pero lo más interesante de todo es que Music for the Masses no era el destino.


Era la transición.


Porque mientras el mundo comenzaba a reconocer a Depeche Mode como una de las grandes bandas de la música electrónica, Martin Gore, Alan Wilder, Dave Gahan y Andrew Fletcher todavía tenían que descubrir hasta dónde podían llevar aquella fórmula. Y la respuesta llegaría tres años después.

Violator.


Music for the Masses


Ahí desaparecerían definitivamente las fronteras entre synth-pop, rock, electrónica y música alternativa. “Personal Jesus” llevaría a Depeche Mode hacia una nueva dimensión guitarrera; “Enjoy the Silence” convertiría una canción profundamente melancólica en una de las composiciones pop más perfectas de su generación; “Policy of Truth” y “World in My Eyes” terminarían de construir ese universo oscuro, sensual y sofisticado que Music for the Masses apenas había comenzado a insinuar.


Por eso resulta tan fascinante mirar hoy aquel álbum de 1987.


Music for the Masses no representa solamente una evolución dentro de la discografía de Depeche Mode. Representa el instante preciso en que una banda deja de perseguir su propia identidad y comienza a descubrirla. El grupo todavía no había alcanzado la perfección de Violator, pero ya había encontrado el camino.


Y quizá esa sea la verdadera grandeza de aquellos años: Depeche Mode no cambió de música de un disco al siguiente. Cambió de escala.


Primero aprendió a hacer canciones con máquinas. Después aprendió a convertir esas máquinas en emociones. Luego convirtió esas emociones en ritual colectivo.


Y todavía faltaba Violator para demostrar que aquella música aparentemente fría podía ser, paradójicamente, una de las formas más intensas de sensualidad que produjo el rock al final del siglo XX.



 
 
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