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Haruki Murakami y su relacion con la musica

El universo fantástico de Haruki Murakami no se construye únicamente con pozos sin fondo, gatos que hablan o realidades paralelas que se deslizan unas sobre otras como capas de vinilo. Su arquitectura más íntima está hecha de música. De canciones que suenan como puertas secretas. De melodías que funcionan como brújulas emocionales en mundos donde la lógica se disuelve y la identidad se fragmenta.



Murakami escribe como alguien que escucha. Antes de ser novelista fue dueño de un club de jazz —el mítico Peter Cat— y esa experiencia no es una anécdota biográfica, sino el núcleo rítmico de su literatura. Sus novelas avanzan con el tempo de un solo de Thelonious Monk o con la cadencia melancólica de un estándar tocado de madrugada, cuando el bar ya está vacío y solo queda la resonancia del último acorde. La música, en Murakami, no acompaña la narración: la dirige.


El jazz aparece como el lenguaje natural de sus personajes: improvisado, nocturno, lleno de silencios significativos. En Tokio Blues (Norwegian Wood), la canción de los Beatles no solo da título a la novela; activa una memoria emocional que funciona como detonador del relato. La música es recuerdo, pero también herida abierta. Cada escucha vuelve a colocar al protagonista en el mismo punto de fragilidad, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo al ritmo de una melodía conocida.


En su universo fantástico, la música opera como un umbral. Escuchar un disco, poner una canción en el momento preciso, puede provocar un deslizamiento de la realidad. En Kafka en la orilla, las referencias a Schubert, Prince o el pop japonés no son ornamentales: crean una atmósfera suspendida, donde lo cotidiano se vuelve extraño sin necesidad de efectos grandilocuentes. La música es la señal de que algo está a punto de suceder, aunque no sepamos qué ni por qué.


Hay también una ética musical en Murakami. Sus protagonistas escuchan discos completos, respetan el orden de las canciones, leen las notas del álbum. Es una forma de resistencia contra la fragmentación moderna, contra el consumo rápido y desechable. Escuchar música —como leer una novela— exige tiempo, atención, entrega. En ese gesto hay una postura existencial: detenerse para sentir, incluso cuando duele.


El rock, el jazz y la música clásica conviven en su obra como conviven sus mundos paralelos: sin jerarquías rígidas, sin explicaciones forzadas. Un tema de Ray Charles puede coexistir con una pieza de Janáček o una canción pop de los sesenta. Esa mezcla refleja la identidad de sus personajes: solitarios, desarraigados, pero profundamente conectados con un paisaje emocional global. Murakami escribe desde Japón, pero escucha el mundo entero.



En el fondo, la relación entre la música y el universo fantástico de Haruki Murakami es la de una llave invisible. La música no explica el misterio: lo hace habitable. Permite que el lector acepte lo inexplicable sin resistencia, del mismo modo en que aceptamos que una canción nos haga llorar sin saber exactamente por qué. En Murakami, como en la música, lo importante no es entenderlo todo, sino dejarse llevar por la melodía y caminar —a solas— dentro de ella.

 
 
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