A Love Supreme… la elevación mística de John Coltrane
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A Love Supreme no es un disco: es una revelación. Un acto de fe grabado en cinta magnética. Cuando John Coltrane entra al estudio en diciembre de 1964 no lo hace como un saxofonista que busca nuevas formas, sino como un hombre que ha sobrevivido a sí mismo y ha regresado con un mensaje. El jazz, hasta entonces territorio de virtuosismo, riesgo y vanguardia, se convierte aquí en liturgia. Cada nota es una sílaba de gratitud; cada silencio, una pausa para respirar a Dios.

Coltrane había tocado fondo años antes. La heroína, el alcohol, la autodestrucción silenciosa del genio. Y como en toda narración mística, la caída precede a la iluminación. Su abandono de las drogas en 1957 es el punto de quiebre espiritual que, con el tiempo, desembocará en A Love Supreme. No es casual que el álbum esté estructurado como una suite en cuatro movimientos: Acknowledgement, Resolution, Pursuance, Psalm. El lenguaje es claramente religioso, pero no adscrito a una fe específica. Coltrane no predica: ora.
El primer movimiento, Acknowledgement, establece el mantra. El famoso motivo de cuatro notas —A Love Supreme— no es un gancho melódico; es un acto de afirmación. El bajo de Jimmy Garrison funciona como el latido primigenio, mientras Elvin Jones construye una percusión que no marca el tiempo: lo invoca. Cuando Coltrane vocaliza el título del álbum, rompe la frontera entre instrumento y cuerpo. El saxofón ya no basta; la voz humana entra como testimonio directo.

Resolution es el despertar de la voluntad. Aquí Coltrane no duda: avanza con una convicción abrasadora. Su sonido es más afilado, más urgente, como si cada frase buscara atravesar una membrana invisible. McCoy Tyner, con sus acordes abiertos y casi tectónicos, crea un espacio cósmico donde la improvisación no flota: se expande. Es jazz modal, sí, pero también es filosofía en movimiento.
Pursuance es la lucha. El esfuerzo del espíritu por alcanzar lo inalcanzable. Elvin Jones desata una tormenta rítmica que empuja a Coltrane a tocar al borde del colapso físico. Aquí aparece el Coltrane del “sheets of sound”, el explorador incansable que parece tocar todas las notas posibles para luego trascenderlas. No hay complacencia, no hay belleza cómoda. La trascendencia, nos dice Coltrane, exige fricción.
Y finalmente Psalm: la plegaria. Coltrane “lee” con su saxofón un poema escrito por él mismo, incluido en las notas del álbum. Cada frase musical corresponde a una línea del texto. No improvisa: recita. Es uno de los momentos más radicales del jazz grabado, porque renuncia al lucimiento para abrazar la devoción. El sax tenor se vuelve voz, y la voz se vuelve agradecimiento.

A Love Supreme también es un manifiesto político en su dimensión más profunda. En plena lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, Coltrane ofrece una respuesta distinta al grito y a la rabia: la elevación espiritual como acto de resistencia. No es evasión; es afirmación de dignidad. La espiritualidad negra, históricamente forjada en el dolor, encuentra aquí una expresión moderna, libre, universal.
Después de este disco, el jazz ya no fue el mismo. Coltrane cruzó una frontera de la que no regresaría: su música posterior sería más abstracta, más feroz, menos conciliadora. Pero A Love Supreme permanece como el punto exacto donde forma y espíritu, técnica y fe, cuerpo y trascendencia se alinearon por un instante irrepetible.
Escucharlo hoy sigue siendo una experiencia transformadora. No importa si se cree en Dios, en el jazz o en nada. A Love Supreme no pide creencia: pide escucha. Y en esa escucha, profunda y atenta, algo se eleva. Tal vez no el alma —palabra gastada—, pero sí la conciencia de que la música, en su forma más pura, puede ser un acto de amor absoluto.





























