Wayne Coyne y el reciclaje psicodélico de la música
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Wayne Coyne no inventó la psicodelia; hizo algo más arriesgado y, quizá, más moderno: la recicló. La tomó como quien rescata objetos de un vertedero cultural —melodías gastadas, efectos sonoros obsoletos, ingenuidad pop, espiritualidad new age, ruido experimental— y los reensambló hasta convertirlos en una experiencia emocional contemporánea. En su obra, la psicodelia deja de ser un gesto nostálgico para transformarse en un método: una forma de reimaginar el pasado sin pedirle permiso.

Desde Oklahoma —lejos de las capitales canónicas del rock— Coyne entendió pronto que el rock psicodélico no tenía por qué ser un museo de los años sesenta. Con The Flaming Lips, convirtió la herencia de Sgt. Pepper, Syd Barrett o el krautrock alemán en una materia maleable, casi doméstica, donde lo lo-fi convive con la épica y el experimento con la ternura. La psicodelia, en sus manos, ya no es evasión química sino exploración emocional.
El reciclaje de Coyne opera en varios niveles. Musicalmente, reapropia sonidos que parecían condenados al kitsch: sintetizadores infantiles, coros naïf, distorsiones deliberadamente torpes. Pero también recicla ideas: el álbum conceptual, la experiencia inmersiva, el concierto como ritual colectivo. The Soft Bulletin y Yoshimi Battles the Pink Robots funcionan como cápsulas de memoria cultural donde conviven Brian Wilson, la ciencia ficción de bolsillo y la ansiedad existencial del cambio de milenio. Nada es nuevo, pero todo suena extrañamente vivo.

Hay en Coyne una ética del error. Donde otros pulen, él deja costuras visibles; donde otros buscan sofisticación, él abraza la vulnerabilidad. Ese gesto —aparentemente ingenuo— es profundamente político dentro del rock moderno: rechaza la idea de progreso lineal y propone, en cambio, un eterno recomenzar a partir de los restos. La psicodelia reciclada no mira hacia atrás con melancolía, sino con curiosidad infantil.
Su figura escénica refuerza esta lógica. Disfraces, confeti, burbujas gigantes, animales inflables: el espectáculo de Coyne parece un carnaval posmoderno donde la cultura pop se desarma y se vuelve a armar frente al público. No hay solemnidad; hay comunión. La experiencia psicodélica ya no es individual ni introspectiva, sino colectiva y emocionalmente expansiva.
En el fondo, Wayne Coyne entiende algo esencial sobre la música contemporánea: que el pasado no se supera, se remezcla. En una época obsesionada con la novedad, su obra demuestra que reciclar no es repetir, sino resignificar. La psicodelia, bajo su mirada, deja de ser una reliquia generacional para convertirse en una herramienta vigente: un recordatorio de que aún es posible asombrarse, incluso —y sobre todo— con los fragmentos del ayer.


























